La ermita duplicada

A quien desconozca su historia le extrañará hallarse en el madrileño paseo de la Florida y ver desde la mampara del autobús, la ventanilla del coche o al pasar caminando dos iglesias exactamente iguales. RéplicasNo se trata de ningún reflejo o ilusión óptica, la antigua ermita que se levantaba a las afueras del Madrid de entonces, en el comienzo del camino hacia el noroeste peninsular (de hecho la prolongación del paseo se llama avenida de Valladolid), fue duplicada para desviar el culto y que la afluencia de personas no dañase el tesoro que alberga en su interior. Por desgracia, o por fortuna, hoy sigue siendo un lugar que pasa bastante desapercibido en una ciudad tan grande y, a pesar de su importancia, no recibe visitas masificadas y peregrinaciones que, sin duda, en otros lugares recibiría. Simplemente ya merecería la pena la visita por situarse ante la tumba de uno de los más grandes pintores que han existido: Francisco de Goya.

Tumba Goya

Pero el auténtico tesoro artístico lo encontramos en su interior, en el centro de la pequeña nave, alzando los ojos hacia la cúpula. Se trata de los frescos pintados por el aragonés. CúpulaEl estilo único de Goya envuelve con su expresionismo, con su realismo fantasmagórico, con el toque de genialidad del atormentado. Un placer y un lujo para el espectador y para Madrid. Un panteón póstumo para un cadáver desterrado.

Trampantojo

Mi última y breve reflexión del año espero que agrade el recuerdo de quien haya estado allí o despierte la curiosidad del visitante de Madrid que se encuentre con el enigma de la ermita duplicada.Goya espaldas

Mis mejores deseos para el nuevo año.

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Alcalá del Júcar

Recorro una vez más tierras manchegas. Tierras yermas, duras, ancladas en el tiempo como presas de una condena. Nada parece cambiar desde que las recorriera un afamado hidalgo mucho tiempo atrás. Quizás algo sí, pero se antoja pequeño ante semejante amplitud. Donde hubo caminos polvorientos ahora hay asfalto. Donde hubo molinos de viento ahora hay verdaderos gigantes eólicos. Las ventas han cambiado un poco el aspecto, así como sus Maritornes. Y las postas tornan la alfalfa por gasolina para alimentar caballos de hierro.

molinos de viento                     molinos-eolicos-en-castilla-la-mancha

Tierras monótonas y silenciosas donde flota olvido y tristeza. Olvidada por todos menos por los que partieron. Y los que se quedaron siguieron regando y cultivando sus tierras con más sudor y sangre que agua. Esa es parte de su historia y de su orgullo. Mantener viva con mucho esfuerzo esa tierra endurecida por el sol, el hambre y la guerra durante siglos.

Gente honesta y trabajadora en su mayoría que tuvo que buscar una salida en ocasiones. Y el mejor ejemplo está en Madrid, levantada y sostenida por gentes venidas de todos los rincones de España, pero en buena parte manchegos. Y esa también es parte de nuestra historia y nuestro orgullo. Por ello, me gusta recorrer esas tierras yermas y duras, porque eso no las hace peores sino más fuertes. Pero, además, como un oasis en medio del desierto, las tierras manchegas guardan tesoros donde no cabría esperarlos.

Cerca de la frontera con Valencia delimitada por el río Cabriel surge un desvío que se interna paralelo al fértil curso fluvial. Imagen 030Tras varios kilómetros inmersos en la planicie de campos de labranza la tierra se acaba…, se interrumpe bruscamente por las hoces del río Júcar, una imponente erosión milenaria que conforma un paisaje extraordinario. Precisamente, en uno de esos barrancos plagados de cuevas que descienden hasta el río, se erige o desciende como una cascada, según se mire, un pueblo: Alcalá del Júcar.

La rica vega del río y las cuevas y abrigos naturales que forman las hoces propiciaron asentamientos en la zona desde la prehistoria, de los cuales han aparecido numerosos yacimientos. Sin embargo, la población cobró importancia en época medieval, siendo un importante enclave andalusí dentro de la línea fortificada del río Júcar ya en el siglo XII. Uno de sus episodios históricos más importantes fue en 1211, en el contexto de la batalla de las Navas de Tolosa. La población y su fortaleza pertenecía a los almohades, imperio norteafricano que había tomado el control de Al-Andalus y amenazaba seriamente al reino de Castilla desde que le derrotase en la batalla de Alarcos. Las treguas entre castellanos y almohades estaban a punto de romperse (unos no olvidaban el golpe recibido y otros querían asestar el definitivo). Así pues, ese año, mientras partía un gran ejército desde Marrakech para cruzar el Estrecho, el rey Alfonso VIII lideraba una expedición destinada a tomar varias fortalezas del Júcar, entre ellas Jorquera y la propia Alcalá. Precisamente fue en el mes de noviembre y acudieron, junto a la mesnada real y algunos nobles, las milicias de los concejos de Cuenca, Huete, Uclés, Guadalajara y Madrid.

Panorámica río

La conquista de estas plazas se haría efectiva un año después tras la victoria cristiana en Las Navas. A finales del siglo XIII, Alcalá del Júcar pasará a formar parte del marquesado de Villena y, cien años más tarde aproximadamente, será incorporada a la Corona por Enrique III. Así será durante medio siglo hasta que Juan II la entrega a un alto funcionario de su confianza, en el turbio contexto de las luchas de poder castellanas con el valido del rey don Álvaro de Luna y los infantes de Aragón de por medio, entre otros personajes oscuros, ambiciosos y de pocos escrúpulos, que sin duda merecen un capítulo aparte para tratarlos en detalle. Tras la victoria real en la batalla de Olmedo, en la que fue clave la intervención de Juan Pacheco, otra figura ávida de poder, Alcalá del Júcar será restituido al marquesado de Villena que ostentará a partir de entonces la familia Pacheco.

AéreaPaulatinamente su papel en el tablero político y militar irá decayendo y su castillo quedará como la cúspide de esta población mimetizada con la roca. Una reminiscencia de época medieval que añade más encanto si cabe a este pueblo tan singular.

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I Concurso de novela autopublicación Tagus

Ayer por la tarde me enteré in extremis de la convocatoria de este concurso literario. El objetivo es el descubrimiento y publicación de novelas inéditas. Hace un par de años concluí mi primera novela que no fue más que un ensayo llevado a cabo en mi año final de la carrera y acabó atrapándome hasta que pude terminar de darle forma. Se trata de una modesta aportación a la novela histórica pero, ya que nunca me he presentado a un concurso de estas características, no he podido evitar la curiosidad de exponerla y probar suerte. Así que, tras rescatarlo del cajón del escritorio de mi ordenador, he enviado el inicio de mi manuscrito.

El objetivo de publicar esta entrada es divulgar la existencia del concurso a quién no lo sepa y le pueda interesar, ya que considero que, entre los blogs que he tenido la oportunidad de conocer y seguir desde que comencé el mío, hay mucho talento y seguro se encuentran casos en los que haya una fantástica novela esperando la oportunidad de ser descubierta.

Ante la premura del final de la convocatoria (hoy lunes 20 de octubre a las 23:59) no he dedicado demasiado tiempo a leer todas las bases del concurso a excepción de los requisitos inmediatos para la participación. He de reconocer que por una vez me he dejado llevar. Del mismo modo que no he podido evitar escribir estas cuatro líneas por el afecto sincero que tengo hacia otros bloggers de esta comunidad que son un apoyo importante para que conserve la ilusión por seguir escribiendo. O al menos intentándolo.

http://www.clubdeescritura.com/convocatoria/ver/novela-tagus-uno

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El espartano

Viendo la segunda parte de la película 300, observo una tendencia a convertir determinados films de acción con un componente épico en casi recreaciones de juegos para videoconsolas. La misma sensación me ocurre con la trilogía del Hobbit. Sin embargo, 300 me parece un caso totalmente diferente. La película es una adaptación de una novela gráfica y conjuga de manera genial la estética del cómic, el cine y la historia, no tanto por su fidelidad y rigor si no capturando la esencia y el componente épico del episodio. Un caso similar me sucede con El Cid de Anthony Mann, interpretado por Charlton Heston. Fusiona historia, leyenda y literatura, adoleciendo en ocasiones del rigor histórico, pero creo que es un sacrificio tolerable teniendo en cuenta el resultado final.

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El episodio sobre el que trata 300 es la batalla de las Termópilas y, Leónidas en Las Termópilas, Davidmás concretamente, en el papel que jugaron los espartanos en dicho enfrentamiento. Aunque lo intentemos ver desde una perspectiva histórica objetiva y siendo conscientes de lo terrible que resulta la guerra, es difícil no tomar posiciones en el asunto. No desde la demagógica lucha de civilizaciones, ni siquiera como herencia de la cultura clásica, si no por un motivo más universal: la injusticia. Hablamos de un ejército invasor y un ejército invadido.

Pongámonos en la piel de un espartano. Ha nacido en la dura tierra de Esparta y desde pequeño le han educado para la guerra. Es un honor defender su patria y su pueblo. No hay debate ético sobre la guerra porque siempre ha estado ahí. Es la naturaleza del hombre. Siempre va a haber alguien dispuesto a arrebatarte lo que es tuyo. Hoy son los persas, como ya lo fueron años atrás durante la Primera Guerra Médica. Pero también combaten con frecuencia con otras ciudades estado griegas.

Un inmenso ejército persa vuelve a invadir suelo heleno, liderado por el rey Jerjes. Los griegos dejan a un lado sus diferencias y se unen para tratar de frenar al coloso venido de oriente. El plan inicial fracasa. Hay que retroceder y reagruparse. Pero los persas son muchos y sus avanzadillas ganan terreno. No lo conseguirán y serán aniquilados. Todo Grecia caerá. Pero el espartano piensa en los suyos y en su patria. El espartano no es solo un guerrero. Es un hombre inteligente y un buen estratega. Sabe que hay una posibilidad. No tiene más simpatía por un ateniense o un tebano que por un persa. Pero para derrotar al invasor necesitan estar unidos. Y para conseguir reagruparse y combatir otro día es necesario una audacia. Más que eso. Un sacrificio. Deben defender el angosto desfiladero de las Termópilas. DibujoEse es el único lugar donde pueden hacer frente a los persas y contenerles durante algún tiempo, pues la superioridad numérica se mitiga ante la caprichosa naturaleza. Una esperanza, un muro de piedra y acero. El sacrificio de unos para la salvación de otros. Por ello el espartano no duda ni un instante. La única posibilidad de salvar a los suyos está allí. No lo hace por el resto. Lo hace por honor. Lo hace por Esparta. Y también por orgullo, porque sabe que cualquier otro no sería capaz. Sabe que va a morir. Pero morirá matando, luchando hasta el último aliento y ese último aliento tardará en llegar. Lo suficiente.

Grabado

El espartano es Leónidas, pero también lo son cada uno de los trescientos. Por que conocen a la perfección lo que tienen que hacer. No saben hacer otra cosa, pero para lo que les han adiestrado son los mejores. Se mueven todos como uno solo. Contienen las cargas con sus escudos, muerden con sus lanzas. Una y otra vez, sin descanso, sin piedad. Las oleadas de persas se van sucediendo y mueren en la orilla, una tras otra, dejando una multitud de cadáveres como una playa llena de sedimentos. El pánico atenaza a los persas que empiezan a ver ese muro de hombres infranqueable. La moral del ejército invasor se hunde. Pero, como sucede muchas veces en la historia, sobrevuela la sombra de la traición. Y tiene que ser un griego el que indique el camino a los persas para sortear el desfiladero y caer sobre la retaguardia espartana. Efialtes es el nombre que ha quedado en la historia como sinónimo de infame.

Así, el espartano al tercer día se ve rodeado y ve como esta vez, uno tras otro van cayendo los 300. Caen con la espada en la mano, teñida con la sangre de los enemigos, el valor y el orgullo intactos. El espartano que ha sorteado miles de flechas, tantas que podrían llegar a ocultar la luz del sol, siente ahora las punzadas cada vez que se derrumba uno de sus hijos, de sus camaradas. Resiste y se bate hasta la extenuación. Como en los frisos de los palacios persas el león herido aún puede mostrarse temible y peligroso. Asurnarsipal cazando leonesYa, herido de muerte, el espartano yace en el suelo. Sabe que ha sido suficiente. Grecia acabará resistiendo. Con esa certeza fija sus ojos en el inmenso azul que se abre a través de la cortina de polvo. Y mira al cielo por última vez.

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Caminando entre fusiles

Un 19 de agosto de hace 78 años, la tierra de un lugar aún ignorado entre dos pueblos granadinos se estremecía al recibir el cuerpo sin vida del gran Federico García Lorca. De hecho, aquellos oscuros días, comenzaba a regarse con sangre la tierra de todo un país devorado por la barbarie.

Lorca, por aquel entonces era ya un afamado poeta y dramaturgo Lorca02admirado y respetado incluso fuera de nuestras fronteras. Pocos días antes del comienzo de la Guerra Civil, alarmado por el cariz que estaban tomando los acontecimientos (sobre todo tras el asesinato de Calvo Sotelo), abandonó Madrid confiando estar más seguro en Granada. Sin embargo, esa maldita contienda cainita daba rienda suelta al odio más ciego, a la envidia y al rencor atávico, dejando manos libres a seres abyectos y cobardes para asesinar impunemente a sus semejantes, a sus vecinos, a sus hermanos. Lorca fue otra más de las miles de vidas arrebatadas sin sentido. Antonio Machado dedicó unos versos amargos al trágico suceso:

“Se le vio, caminando entre fusiles,
por una calle larga,
salir al campo frío,
aún con estrellas de la madrugada.
Mataron a Federico
cuando la luz asomaba.
El pelotón de verdugos
no osó mirarle la cara.
Todos cerraron los ojos;
rezaron: ¡ni Dios te salva!
Muerto cayó Federico
sangre en la frente y plomo en las entrañas
que fue en Granada el crimen
sabed ¡pobre Granada!, en su Granada”.

Lorca01

Es triste imaginar como resonarían los versos propios en su mente cuando era conducido por la carretera de la muerte aquella madrugada con la luna, su luna, todavía presente mostrando su blancor almidonado. Los pasos abriendo el sendero dejando un rastro de lágrimas. Su destino escrito en la mitad del barranco. Grandes estrellas de escarcha vienen con el pez de sombra que abre el camino del alba. El largo viento dejaba en la boca un raro gusto de hiel, de menta y de albahaca.

-Compadre, quiero morir decentemente en mi cama. Dejadme subir al menos hasta las altas barandas.

El alba meció sus hombros en un aire donde estallan rosas de pólvora negra. Un rumor último y sordo le despega la camisa, se quiebra su corazón de azúcar y yerbaluisa. Rueda muerto la pendiente, su cuerpo lleno de lirios y una granada en las sienes.

monolito

Las voces que se apagaron no resonarán jamás, pero los versos y las palabras del poeta no se extinguirán nunca y seguirán resonando con fuerza en los teatros, en las bibliotecas, en nuestra memoria.

Siempre la envidia, el odio y la vileza emergen en esta tierra para aniquilar lo bueno y lo bello que hay en ella. Lorca dijo: “Ni el poeta ni nadie tiene la clave del mundo. Quiero ser bueno (…) creo firmemente que si hay un más allá tendré la agradable sorpresa de encontrarme con él”.

Lorca_(1934)

Ojalá hubiese un más allá donde nos esperase la luz de sus versos y su sonrisa. Así como no haya para los verdugos más que la insondable y eterna fosa del olvido.

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El misterio de La Tempestad

Es algo natural y, a veces obsesivo, querer desentrañar los secretos que guardan las obras de arte. ¿Quién fue la Mona Lisa y qué oculta su sonrisa? ¿Cómo pinta Velázquez Las Meninas y a quién dirigen su mirada los protagonistas? ¿A quién pertenece el sexo de El origen del mundo de Courbet? ¿Oculta algo Leonardo tras La Última Cena?

Cristo Última Cena          Espejo Meninas          Origen del mundo

 

Sonrisa Mona Lisa

Estas cuestiones, así como otras de carácter técnico y formal, son parte del estudio del Arte, pero los misterios o cabos sueltos que no han sido desvelados o han quedado para siempre dentro de las mentes de los artistas dan lugar a interpretaciones lógicas, probables o fantasiosas (a veces atractivas y otras disparatadas) y que dan mucho juego a la literatura o al cine.

Como historiador de arte me gusta tener un conocimiento pormenorizado de las obras, pero conocer todos los aspectos de las mismas, ya sea solo de las más paradigmáticas, resulta del todo imposible. Pero aún siendo consciente de esta limitación, hay algunas obras que, aunque mi atracción hacia ella sea inmensa desde hace muchos años y haya desentrañado algunas de sus claves, me resisto a retirar el último velo y preservar así el misterio (que es parte de su encanto) y que ninguna circunstancia pueda mermar un ápice su deleite estético.

Esto me sucede, por encima de cualquier otra obra, con La Tempestad de Giorgione. 

La Tempestad

Giorgione fue un pintor de la escuela veneciana coetáneo, entre otros, del gran Tiziano. Giorgione selfportraitY pudo ser su leyenda tan grande de no ser porque murió con 33 años.

Su obra más afamada, a la par que misteriosa, es La Tempestad, pintada pocos años antes de su muerte y conservada en la Galería de la Academia de Venecia.

Un cielo denso, plomizo, amenaza tormenta inminente. Bajo el oscuro manto vemos una ciudad, con casas, torres, cúpulas y murallas, pero callada, vacía, sin vida. El único rastro es una mancha blanca sobre un tejado: una cigüeña.

Si seguimos el curso del río, o mejor aún, si cruzamos el puente con nuestra imaginación, saliendo de la ciudad por una de sus puertas, llegaremos a un verde sendero que guiará nuestros pasos al centro del cuadro para asomarnos de manera privilegiada al primer plano. Allí, entre los altos árboles y los restos de una arquitectura incompleta, o bien agazapados entre los matorrales que hay tras el murete de ladrillo rematado por una base pétrea y dos partidas columnas, podemos observar tres figuras, un hombre y una mujer amamantando a un niño.

Aquí el misterio se multiplica. ¿Quiénes son? Las interpretaciones son múltiples desde hace siglos. Se ha dicho que son Mercurio e Isis, Adán y Eva expulsados del paraíso con Caín o figuras alegóricas que simbolizan la Fortaleza y la Caridad. MujerUna de las interpretaciones más lógicas desde el punto de vista iconográfico es la representación de María y José en el Descanso de la Huida a Egipto, pero resulta extraño imaginar que cometiera la osadía de pintar un desnudo de la Virgen, en actitud además un tanto vulgar.

Uno de los nombres que tradicionalmente se dio al lienzo fue El soldado y la gitana. Pero también este título ofrece dudas, empezando por el báculo que sostiene el hombre. No es un arma. Entonces se descarta el soldado. HombrePero, ¿qué es? ¿La vara de un pastor? ¿Y dónde están sus ovejas? Quizás sí sea en algún modo centinela, pues parece mirar y vigilar a la mujer.

Si volvemos a las columnas, estas son efectivamente un símbolo de fortaleza, pero partidas pueden significar virtud quebrada. En ese caso se descartaría la virginidad de la mujer, que por otro lado tiene como únicos ropajes telas blancas símbolo de pureza. Otra contradicción o nueva osadía oculta que le acerca peligrosamente a la herejía.

Y si seguimos escrutando más a fondo podemos multiplicar los enigmas. Solo hay que ver la cola de la serpiente que se oculta en un agujero entre las rocas. En fin, un apasionante rompecabezas que solo Giorgione podría descifrar.

Pero el verdadero protagonista de la pintura no son las figuras, edificios ni paisaje, es el fenómeno atmosférico que rasga el cielo. Un relámpago ilumina la escena. No solo es novedosa su presencia y la importancia dentro de la composición, sino que en cierto modo es un anticipo de la fotografía, es la captación de un momento exacto.

Rayo

Aprovechemos ese instante de luz para grabar en la retina los contornos, para otear el horizonte y para reparar en la mujer que nos está mirando. Esa mujer, sea quien sea, mira directamente al espectador, haciéndonos participes de su intimidad o reprobándonos pero, al fin y al cabo, atrapándonos dentro del cuadro, haciendo que nos zambullamos de lleno es ese fogonazo, en ese instante tan breve y, sin embargo, eterno. Atrapados para siempre en el misterio de La Tempestad.

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Dávila, el filántropo ilustrado

Hablaba el otro día de una serie de edificios que se sitúan en un reducido espacio de Madrid y que constituyen un gran conjunto cultural y científico. En esta ocasión, quiero dedicar unas líneas a un personaje que supuso el germen de una de esas instituciones.

El Museo de Ciencias Naturales fue en su origen Real Gabinete de Historia Natural. Su sede fue viajando por diversos lugares de la capital hasta recalar en su actual ubicación. Pero lo importante ahora es resaltar la figura responsable de su fundación, y esta no es otra que el ecuatoriano Pedro Franco Dávila.

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Nació en Guayaquil el 21 de marzo de 1711. Hijo de Fernado Franco Dávila (natural de Utrera, Sevilla) y la guayaquileña Magdalena Ruiz de Eguino. Plano Guayaquil (1741)La buena posición familiar le permitió realizar estudios en Lima, después se dedicó al negocio comercial con su padre. Entre sus principales mercaderías estaba el cacao, producto que solían llevar por barco hasta Panamá. En uno de esos viajes, el joven Dávila sufrió un naufragio en el que se le dio por muerto.cacao Los supervivientes recalaron en unas playas desconocidas y estuvieron vagando durante una semana hasta llegar a Iscuandé (Colombia). Este hecho se cree que cambió su vida pues estuvo hospedado por un sacerdote que despertaría su interés en las ciencias naturales (también en este período estimado de ocho meses contrajo matrimonio con María Merenciana de Reina, con quien no se tiene constancia que volviera a ver ni mantuviera correspondencia pero sí fue incluida en su testamento).

Tras su regreso a Guayaquil el negocio siguió prosperando hasta tal punto que un par de años más tarde, en 1737, deciden fletar un gran cargamento de cacao hasta la metrópoli. Llegan a CádizCádiz y se establecerán una temporada fraguando lucrativos negocios. Parece que Dávila se encontraba en Sevilla cuando sobreviene la muerte de su padre por enfermedad en 1739. Tras arreglar los asuntos pertinentes embarca en Cádiz con rumbo a casa, sin embargo, nunca volverá a ver su tierra natal. Su barco es capturado por piratas ingleses en el convulso Caribe y, tras un intercambio de prisioneros, regresa a Cádiz. Decide esperar un tiempo a la conclusión de la guerra (en 1739 estalló la llamada Guerra del Asiento, enésimo enfrentamiento anglo-español, que se prolongó casi diez años teniendo sus punto álgido entre 1740 y 1741 con los ataques ingleses repelidos a Cartagena de Indias).

Este será el otro suceso decisivo en la vida de Dávila pues decidiría cambiar el rumbo completamente y establecerse en París, Parísdonde sabemos que reside al menos desde 1745 y, con el dinero de sus negocios, pudo llevar una vida holgada realizando estudios de latín, francés, inglés, geografía, historia y otras disciplinas. Y, por supuesto, se introdujo de lleno en el conocimiento de las ciencias naturales y en el coleccionismo a través de diversos viajes por Europa.

En menos de diez años poseía una de las mayores colecciones privadas existentes y ya albergó la posibilidad de ofrecerla a la Corona española a través de su amistad con el ministro de Fernando VI, el marqués de la Ensenada. Pero la caída en desgracia de este imposibilitó el proyecto.

Unos años después viajó a Madrid y propuso la venta de su colección a Carlos III, Carlos IIIpero sus consejeros la desestimaron. Dávila atravesaba entonces complicaciones económicas y tuvo que vender parte de sus objetos que, además de relacionados con botánica, zoología, geología, mineralogía, etc., constaban de estampas, bronces, documentos, planos y mapas o libros científicos. No obstante, en 1767 publica en París su exhaustivo catálogo que supondrá el elogio de la comunidad científica e ilustrada y, también, llegará a oídos de Carlos III y sus asesores que deciden esta vez acometer la compra de la colección (trasladada a Madrid entre 1771 y1772) y la creación del Real Gabinete de Historia Natural en 1776 bajo la dirección del propio Dávila (fue el primer museo abierto de Madrid, situado en el palacio de Goyeneche, en la calle Alcalá, donde posteriormente y hasta hoy se encuentra la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando) que residirá en la planta superior del edificio.

Palacio Goyeneche

La popularidad de Pedro Franco Dávila aquellos años fue enorme. Es nombrado miembro de las principales instituciones europeas como las academias de Berlín, San Petersburgo y la Royal Society de Londres, además de otras españolas o de la Academia de Historia de Madrid. Es en esta ciudad donde hallará la muerte el 6 de enero de 1786 y, como dejó en su testamento, donde quería ser enterrado, de manera humilde, sin pompas, en la desaparecida iglesia de San Luis.

Y lamento acabar con una nota amarga, pero el sabio naturalista guayaquileño, parisino y madrileño (pues fue en estas ciudades donde pasó las mayores temporadas durante las 3 principales etapas de su vida), como tantos otros hombres y mujeres meritorios, ha caído en un olvido general. En el caso de nuestra ciudad, donde quiso legar su obra y vivió sus últimos años, su recuerdo ni siquiera ha merecido una mísera calle. Su única efigie se encuentra en el Museo de Ciencias Naturales (una copia se entregó a la ciudad de Guayaquil, donde sí posee una calle). Los vestigios ilustrados que alumbraban a España en la segunda mitad del siglo XVIII fueron cayendo en el oscurantismo con el abúlico reinado de Carlos IV, la guerra contra Napoleón y el posterior reinado del infame Fernando VII que perpetuó una estirpe de indeseables que sumieron al país en un atraso cultural e intelectual que, en la clase dirigente, se extiende hasta nuestros días. Pero queda el consuelo de los investigadores e historiadores que han intentado recuperar su figura desde hace muchos años en una ardua tarea de documentación. A ellos, principalmente españoles y ecuatorianos, se debe que hoy se conozcan suficientes datos para hacernos idea de la relevancia de su figura. Y gracias a ellos, a las instituciones culturales y científicas y a los ciudadanos que leen y las visitan se sigue haciendo luz en las sombras. Y al menos hoy, el recuerdo de Dávila, el filántropo ilustrado, no será olvidado.

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