Atienza, centinela olvidado

Atienza es uno de esos pueblos con sabor añejo, donde aún es fácil retroceder al pasado e imaginar el aspecto de la villa medieval recorriendo sus callejuelas, observando sus iglesias y casas de piedra y aspirando el aroma de leña quemada.

Ya Imagencuando llegas por la carretera ves alzarse la población en un cerro elevado, dominado por los restos del castillo, marchitado por el paso de los siglos pero manteniendo aún la dignidad propia de su condición, de un tiempo en el que fue importante enclave en tiempos convulsos, bastión de tierras de frontera entre cristianos y musulmanes.

Repasando brevemente su historia, hay que remontar sus orígenes a tiempos celtíberosImagen, donde era habitual que estos levantaran sus fortalezas y castros en montes elevados sobre terrenos llanos, para fácilmente defender la posición y dominar el territorio circundante. Con el transcurso de la historia, los restos de ese primitivo enclave fueron aprovechados por los musulmanes cuando ocuparon la Península. Frente a sus muros pasó el Cid en su destierro (al menos eso dice el Cantar: Y fueron a descansar a Sierra de Miedes, a la derecha de las torres de Atienza, donde están los moros) y después será recuperado por los cristianos alternándose en manos de Aragón y Castilla. En esos tiempos la villa creció más allá de su primitiva muralla, creando un segundo recinto amurallado. Se construyeron las iglesias románicas de Santa María del Rey, la Trinidad, San Gil y San Bartolomé que aún conservan importantes restos de esta época (las tres últimas además albergan un museo en su interior con destacados restos arqueológicos y artísticos de la población y la región).

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Portada de Santa María del Rey

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Interior de la Iglesia-Museo de San Gil

 

 

 

 

 

Aún le tocó vivir días difíciles, de guerras fratricidas castellanas y como si fruto de ellas naciese, en una de sus casas vio la luz Juan Bravo, el insigne líder comunero.

Juan Bravo

Estatua de Juan Bravo en Segovia

La fortaleza y su villa fueron olvidadas cuando las guerras se alejaron de ella y quedaron a merced del duro clima castellano. Cuando atravesaba estos pueblos por carreteras secundarias recordé los versos del poeta que sintió así los Campos de Castilla:

Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta
-no fue por estos campos el bíblico jardín-:
Son tierras para el águila, un trozo de planeta
por donde cruza errante la sombra de Caín.*

Hoy el pueblo aguanta como su castillo el paso del tiempo, resistiéndose a caer en el olvido. Y, desde luego, merece la pena encaminar los pasos hacia él y rescatarlo de su oscuro destino llevándolo con nosotros de vuelta en la memoria.

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*Versos finales del poema Por tierras de España de Antonio Machado.

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About Jorge Fernández-Alva

Historiador de Arte.
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