Tesoros del barroco madrileño (II)

Sin alejarnos mucho de San Antonio de los Alemanes, siguiendo la mencionada calle del Pez, llegamos a la esquina con San Roque. San Plácido 02Allí, mimetizado en el barrio, se encuentra el convento de San Plácido. Se trata de un sobrio edificio de ladrillo que ocupa casi toda la manzana y puede pasar casi desapercibido, como la portada de la iglesia, bastante sencilla, adornada con escudos y vanos de piedra.

Siempre lo he visto cerrado. San Plácido 03Imagino que dará alguna misa a primera hora pero mi sistema ha sido llamar a la puerta contigua (la de acceso al convento) y esperar la respuesta de algunas de sus monjas. Hace tiempo que no lo visito pero entonces bastaba como salvoconducto mencionar que era estudiante o historiador de arte.

Al cabo de unos minutos, una monja sonriente acudía con las llaves de la iglesia y franqueaba el paso. San Plácido 01El interior nada tiene que ver con el aspecto externo. El amplio espacio aparece mitigado por la penumbra, envolviéndonos con el misterio que otorgan las sombras. Cuando la monja enciende las luces, la fastuosa decoración inunda la estancia. Es la teatralidad del barroco. Los ojos se posan en las pinturas de la cúpula y las pechinas, obra de Francisco Ricci, en los dorados retablos, en las esculturas de Manuel Pereira y en la bella Anunciación que preside el altar, ejecutada por un joven Claudio Coello.

Anunciación 01

Muy propio del siglo XVII español (donde el dinero de los impuestos y el oro de América se perdían en sufragar las guerras y en engordar el patrimonio de nobles, clero, funcionarios corruptos y banqueros extranjeros, además de ir acorde con la mentalidad contrarreformista y el carácter austero castellano) era abaratar los gastos constructivos utilizando ladrillo, madera y estuco, a excepción de portadas o vanos donde se emplea la piedra. Por ello, las iglesias suelen tener ese aspecto sobrio al exterior, reservando el lujo para su decoración interna.

Una vez superado ese contraste y observado las obras que nos Cristo San Plácidorodean, aún podría ser mayor el efecto si tenemos en cuenta que en la sacristía estuvo colgado durante casi dos siglos el Cristo crucificado de Velázquez (hoy en el Museo del Prado y conocido popularmente como Cristo de San Plácido). Pero como compensación, podemos admirar una obra que en mi opinión representa el mayor tesoro artístico que conserva la iglesia, el Cristo yacente de Gregorio Hernández.

Esta modalidad de representación de Cristo muerto adquirió gran auge en este período, donde se buscaba el dramatismo y la crudeza del realismo para despertar la devoción. EnGregorio Fernandez la escuela castellana, que destacaba más que la andaluza por su efecto dramático rozando con el patetismo, sobresalió Gregorio Fernández, erigiéndose en el mejor escultor del momento.

Sus cristos destacan por su gran fuerza expresiva, la rotundidad de contemplar la imagen cadavérica, con los restos de sangre seca, costras y hematomas de heridas y golpes. Pero el de San Plácido suaviza un ápice esa crudeza, el cuerpo yace inerte, sereno, armonizando su pose y las perfectas proporciones de la anatomía, el rostro ladeado y la cabeza reposando en la almohada, con el pelo de aspecto mojado cayéndole en gajos. La obra alcanza el propósito para el que fue concebida y aún hoy podemos admirar la pericia de uno de los mejores escultores que han existido y la belleza atemporal de su obra de arte que supera su carga dramática y atroz de verismo para hacernos creer, pese a todo, que lo que vemos no es una talla de madera. Es un hombre que descansa, que solo está dormido.

Cristo yacente

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About Jorge Fernández-Alva

Historiador de Arte.
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One Response to Tesoros del barroco madrileño (II)

  1. Hesperetusa says:

    Intentaré ver San Plácido en mi próximo viaje a Madrid. aunque he ido muchas veces me queda prácticamente ver todo los que esconden los conventos barrocos.
    Y San Antonio de los Portugueses convertido en San Antonio de los Alemanes:
    http://hesperetusa.wordpress.com/2012/10/01/antonius/

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