Madrid en Las Navas de Tolosa (2ª parte)

Las primeras luces del alba comienzan a perfilar las cumbres de los cerros a su alrededor. El ejército cristiano está formado y listo para encaminarse a la batalla. Como se encomendó el día antes, López de Haro encabeza la formación. Con él y sus fieles vizcaínos avanzan un puñado de hombres venidos del corazón de la Península, de la humilde villa de Madrid.

Comienzan a descender hacia el llano. Los árboles son aún una masa insondable que augura el peligro y obliga a mantenerse alerta. El ritmo es lento pero seguro, la luz empieza a filtrarse entre la vegetación y alumbra el camino, por donde la interminable hilera de soldados marcha en silencio, tensa. Muchos podrían oír el latido de sus corazones y el batir fuerte del pulso en sus sienes de no ser por el ruido de los cascos de los caballos y el resonar metálico de cientos de aceros.

Tal vez llevan una hora o más desde que partieron. Pero el tiempo se antoja ahora algo ilusorio. De pronto, una flecha rasga el aire. Un caballo se encabrita y un cuerpo cae al suelo. Maldiciones, órdenes, carreras e intercambio de proyectiles. Una avanzadilla musulmana ha intentado entorpecer al ejército cristiano en su llegada el llano, pero los vizcaínos, bravos y resueltos, han conjurado el peligro. Toman el llano, seguidos de los madrileños y, poco a poco, cientos de caballerías y hombres a pie van llenando el espacio.

El sol ya se eleva sobre las cabezas e ilumina los aceros, banderas y ropajes blancos, dorados, encarnados, pardos o negros. Hermoso despliegue enmarcado entre el azul del cielo despejado y el verde intenso que cubre como un manto todo el paisaje, hasta la cumbre de las colinas. Pronto el suelo se teñirá de rojo y de negro los corazones.

Suenan clarines, se agitan enseñas, rugen gargantas. Enfrente el proceso es el mismo, salvo por el redoblar incesante de los tambores almohades.

Los hombres de López de Haro avanzan una vez más, ahora hacia un choque inminente con la vanguardia enemiga, que la forman voluntarios venidos del norte de África y Al-Ándalus. La mayoría fanáticos sin formación militar ni armamento adecuado. Son muchos pero los vizcaínos cargan sin piedad una y otra vez hasta que son aniquilados. El concejo de Madrid aún no ha tenido que entrar en combate, solamente tienen que rematar algunos moribundos que van quedando a su paso.

Siguen adelante. Ya se divisa el cerro donde está la tienda del califa almohade. Antes deben vencer a la caballería enemiga que ya acelera el paso. Los vizcaínos espolean sus cabalgaduras y van al encuentro. Las cargas se suceden. Los musulmanes huyen y los cristianos van tras ellos. El terreno comienza a ascender. Ya no se ve el campamento enemigo. Solo un poco más y tomarán la pendiente. Las formaciones se distancian por el ardor guerrero. Entonces los jinetes almohades dan la vuelta y atacan. Y una tromba aparece en lo alto de la loma para arrojarse como una cascada de furia.

Los vizcaínos de López de Haro aguantan la embestida como pueden, cada vez más mermados, intentando reorganizarse. Las tropas madrileñas acuden en su ayuda y se baten como nunca lo han hecho. La lucha es terrible. Cuando todo parece perdido, las milicias de Madrid, peleando hombro con hombro nobles y villanos, sumidos en un caos de sangre y muerte, echan la vista atrás por un momento y ven llegar una oleada de caballeros vestidos de blanco. Son los monjes soldado de las órdenes de Uclés y Calatrava, aunque parecen demonios albos que se arrojan enloquecidos al abismo.

La batalla se hace más encarnizada y los madrileños, a pesar de ser diezmados, se baten con valor y arrojo, o tal vez con desesperación y locura. En algún momento, con el sol marchando indiferente hacia el ocaso, la bandera de Madrid comienza a agitarse mostrando el oso que lo simboliza. Las tropas se reagrupan como pueden en torno a su estandarte y se retiran del campo de batalla. Han dado todo lo que podían de sí. La humilde villa ha cumplido con el deber para con su rey. Ahora es el momento de que otros se lleven los laureles. Momentos más tarde, Alfonso VIII de Castilla ordena a la retaguardia la que pasará a la historia como la “carga de los Tres Reyes”. El rey castellano tendrá su venganza, Pedro de Aragón engordará su leyenda y Sancho de Navarra romperá con su maza las cadenas que ostenta hasta hoy el escudo navarro.

La historia la escriben los vencedores, los héroes suelen ser reyes, nobles, personas ilustres. Pero la gloria es sustentada por hombres normales, que luchan más que por convicción por honor, deber, obligación o por no tener otro sitio donde ir. El pueblo de Madrid estuvo allí, cuando aún era una pequeña villa, ayudando a escribir la historia y retirándose discretamente para caer en el olvido. Pero creo que esas pequeñas historias son las más dignas de recuperar a la memoria.

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About Jorge Fernández-Alva

Historiador de Arte.
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