Sólo le falta hablar

En 1588 nació en Oporto el escultor Manuel Pereira. No se conocen datos acerca de su formación y primeros pasos, pero debió viajar a Madrid para probar suerte en algún momento a partir de 1620 puesto que se documentan trabajos suyos en Alcalá de Henares en 1624. Al año siguiente ya estaría instalado en la capital donde contrae matrimonio.

A partir de los años 30 los encargos se suceden con fluidez y su fama en la corte se extiende. Salvo alguna excepción, como una escultura de Neptuno para una fuente en el desaparecido humilladero de San Francisco, sus obras son de temática religiosa. Se adaptó al catolicismo y gusto castellano, pero tamizando la crudeza y aportando su toque personal que dulcifica figuras y gestos, a lo que habrá que añadir la posterior influencia de Alonso Cano (quien viene a Madrid por primera vez en 1638) que acabó de fusionar en Pereira un estilo único donde convive la escuela castellana, andaluza y sus rasgos propios de raigambre portuguesa.

Los documentos revelan su intensa actividad durante tres décadas. A partir de 1660 decae, lógicamente por su avanzada edad que le acarrea problemas de salud y pérdida de visión. A pesar de no trabajar durante los últimos diez años de su vida las fuentes datan su muerte en 1683… ¡con 95 años!, toda una proeza para aquella época.

En Madrid se conservan la mayoría de sus obras y, desgraciadamente, serían más de no perderse gran número de ellas durante la Guerra Civil.

En la iglesia de San Antonio de los Alemanes (originalmente de los Portugueses) San AntonioPereira ejecutó las imágenes del santo titular para la fachada (en piedra, situado en hornacina sobre la portada) y el retablo mayor (en madera policromada, aunque una pésima restauración posterior enturbia su calidad).

Para la iglesia del convento de San Plácido realiza los cuatro santos del crucero: San Ildefonso, San Bernardo, San Anselmo y San Ruperto.

Pero sin duda, hay dos que destacan por encima de todas. La primera es el Cristo del Olivar, Cristo del Olivarsituada en el modesto oratorio muy cercano a la calle Atocha, que ha sobrevivido milagrosamente a las modificaciones y reformas que ha sufrido el templo a consecuencia de expolios, ruina y barbarie, o lo que es lo mismo, el paso en dos siglos de la Guerra de la Independencia, la Desamortización y la Guerra Civil. La imagen se trata de un Cristo en expiración, de cuerpo muy estilizado. Suaviza el dramatismo, creando una imagen bella, influenciada por Cano, donde las curvaturas del cuerpo son leves marcando el sentido ascensional hacia el rostro, que a su vez mira a lo alto, y es donde se concentra la emoción.

La segunda es la escultura de San Bruno San Bruno (Manuel Pereira, MRABASF E-18) 01que encargan los monjes de la Cartuja de El Paular en 1652 para su hospedería en la calle Alcalá (actualmente se puede contemplar en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando). Fue su última gran obra, en plenitud de su madurez, alcanzando un gran sentido de ascetismo y profundidad interior en la visión del fundador de los cartujos ante la calavera que sostiene en su mano izquierda. La figura ostenta un gran volumen y movimiento con el hábito, jugando con los pliegues y dando efectos de luz y sombra. Pero la expresividad se concentra una vez más en el rostro, un rostro muy realista, enjuto, donde el claroscuro marca con crudeza sus facciones, los pómulos y las cuencas hundidas y sombrías de sus ojos que le asemejarían a la calavera que contempla con auténtico ensimismamiento de no ser por la profundidad de su mirada.

San Bruno RABASF 01       San Bruno calavera

Esta escultura gustaba tanto a Felipe IV que se dice que en el trayecto que realizaba del Alcázar al Palacio del Buen Retiro mandaba detener su carruaje para poder contemplarla.

Y hablando de Felipe IV, para concluir mencionaré una anécdota sobre una esculturaSan Bruno crucifijo que no está en Madrid pero es tal vez su obra maestra y la que comenzó a labrar su fama. Se trata de otro San Bruno, hecho para la Cartuja de Miraflores en Burgos (este santo es el fundador de la orden religiosa de los cartujos, caracterizados entre otras cosas por su hábito blanco con capucha y por guardar voto de silencio).

Cartujo

San Bruno crucifijo 01

 

 

 

 

 

Cuando el rey fue a verla con su séquito quedó tan sorprendido por su realismo y perfección que permaneció un buen rato admirándola con profundo deleite. Ello dio origen a un episodio que, más o menos distorsionado, se fue divulgando por cronistas e historiadores. Y bien pudo ser algo así:

Felipe IV dio unos pasos y se colocó frente a la estatua de San BrunoSan Bruno 01, contemplándola absorto. Nadie osaba perturbar al monarca hasta que uno de los cortesanos con afán adulador se acercó y rompió el ensimismamiento regio susurrando:

-Majestad… Sólo le falta hablar.

Irritado, fulminándole con la mirada, el rey replicó:

-Los cartujos no hablan, ¡imbécil!

Felipe IV

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About Jorge Fernández-Alva

Historiador de Arte.
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4 Responses to Sólo le falta hablar

  1. alpuymuz says:

    Muy ameno e interesante. Saludos.

  2. Me encanta tu blog. Un abrazo.

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