Ingres en espera

“Como decíamos ayer…”. Tras una dilatada ausencia a consecuencia del trabajo y asuntos personales que han requerido toda mi dedicación, a lo que se añadió un virus informático que ha tenido mi ordenador de baja las últimas semanas (y afortunadamente no ha ocasionado mayores destrozos), vuelvo a la carga con muchas ganas de escribir, pero también de ponerme al día de tantos artículos atrasados de los compañeros blogueros que he tenido el placer de descubrir y cuyo apoyo me ha servido de motivación para compartir temas e inquietudes sobre Arte e Historia y, ahora, para no arrojar la toalla y volver a la senda de la constancia que hace falta para escribir.

La frase que elegido, tan célebre y apropiada, la conservo en la memoria desde niño, cuando mi padre me contó la anécdota de su protagonista, el poeta fray Luis de León. Ejerciendo este su cátedra en la universidad de Salamanca fue encarcelado por la Inquisición en Valladolid. Tras cinco años de oprobiosa prisión demostró la falsedad de sus acusaciones y retornó a su magisterio. El día de su reaparición, ante un auditorio renovado y expectante -suponemos-, sin mayores preámbulos comenzó la clase: “Como decíamos ayer…”.

En honor a ambos maestros, fray Luis y mi padre, retorno al punto donde lo dejé: Ingres.

En anteriores artículos hablaba sobre los inicios del pintor francés, además de elogiar y reivindicar su figura. En última instancia, Ingres había conseguido obtener la beca para viajar a Roma tras sufrir un previo varapalo que le distanció de su maestro.

Como mencionábamos, el viaje a Italia tuvo que esperar y es, precisamente, ese periodo intermedio el que me propongo a analizar, pues se gestan algunos de los talentos que explotará a lo largo de su vida y consigue una valiosa notoriedad a pesar de su juventud.

Ingres había concluido su aprendizaje en el taller de David y no podía disfrutar de su beca pues el Consulado había retenido este tipo de subvenciones para afrontar los costosos gastos de las campañas militares. Hasta su concesión en 1806, el joven Ingres vivió un periodo de cinco años de austeridad económica que no menguó su genio.

La mejor forma de subsistir era realizando retratos a la nueva clase imperante: burgueses, comerciantes y funcionarios enriquecidos por la Revolución y la guerra.

Para tomar la medida de su genio en esta modalidad que mejor punto de partida que su propio autorretrato de 1804. Autorretrato (1804)Dejando a un lado la perfección técnica y las características propias del retrato romántico (naturalismo, carga psicológica, etc.), introduce una novedad que le acompañará siempre: elude la frontalidad, el cuello está girado (algo que será casi obsesivo en su pintura). Es un retrato sobrio, ataviado con ropajes que no dejan entrever condición social, además, el abrigo pardo se mimetiza con el fondo neutro (a la manera velazqueña). Solo el sutil detalle de la tiza alude a su condición de artista. Y que se puede decir del virtuosismo de su dibujo, solo hay que aproximarse y ver las arrugas de la camisa.

Por aquellos tiempos, se produjo la ascensión al poder de un tal Napoleón Bonaparte. Sus primeros retratos oficiales, como propaganda del poder, son encargados a jóvenes artistas. Ingres realizará el retrato de Bonaparte como primer cónsul, Bonaparte como primer cónsul (1804)inmediatamente anterior a su coronación como emperador. A diferencia de los retratos posteriores, Napoleón aparece con un traje modesto, pero exquisitamente trabajado (color y brillo del terciopelo, el detallismo de las arrugas), con el brazo introducido en la chaqueta ejecutando su pose inmortal y, como elemento distintivo, el sable (soberbia minuciosidad en las piedras preciosas que adornan empuñadura, pomo y vaina). Ese virtuosismo y sofisticación se aprecia en la silla, la alfombra o en los brillos de los flecos del mantel y, por supuesto, en la ventana abierta a la catedral gótica de Lieja, en una clara conexión con la pintura detallista de los primitivos flamencos que tanto le atraía.

Este importante encargo, más que una solvencia económica, le abrirá las puertas para nuevos clientes con los que poder alimentar su estómago y su genio. Los más importantes fueron la familia Rivière.

En primer lugar, Monsier Rivière, Monsieur Rivière (1805)sin mayores misterios que una ejecución perfecta y un detallismo escalofriante: anillos, botones, libros, pomos de la silla… Y, a continuación, el sello propio de Ingres elaborando una composición muy compleja: la disposición oblicua de la silla, las piernas cruzadas, brazos en distintas posiciones y, como no, el cuello ligeramente girado (aunque oculto por el pañuelo) al igual que la mirada.

En segundo lugar, Madame Rivière, denotando un mayor dominio del retrato femenino. Este hecho es una constante en la Historia del Arte. Mientras la tradición clásica buscará la perfección en la anatomía masculina, más fácil de ajustar a cánones de proporción, otros pintores buscarán el desafío formal que plantea el cuerpo de la mujer, más accidentado. Madame Rivière (1805)Así, observamos la figura que retrata Ingres como una sucesión de posturas y torsiones contrapuestas, pero que lejos de parecer antinatural, otorga una gran sensación de dinamismo. El gusto por el detalle heredado de los pintores primitivos es el único elemento que nos permite fijar la mirada, el resto es una sucesión de ritmo y líneas curvas, desde la factura oval del retrato hasta los ojos, cejas, pelo, labios, rostro, pecho, pasando por las posturas mencionadas donde contrapone ambos brazos, los senos, las piernas y el torso o gira levemente el cuello hacia el punto donde sus ojos miran.

Para concluir, Mademoiselle Rivière, donde da un paso más en todo lo visto hasta ahora. Mademoiselle Rivière (1805)Por un lado, es un retrato exterior, muy arcaizante en la manera de recortar la figura sobre el fondo, fusionando las reminiscencias del detallismo y paisaje flamenco (torre de la iglesia gótica, reflejos en el agua…) con las del retrato italiano del Cinquecento (evoca a Rafael en su retrato de Maddalena Doni o a la Gioconda de Leonardo, por citar alguno de los más célebres). Incluso el rostro, más que renacentista parece propio de la pintura romana de Pompeya o Hawara. Y, por otra parte, eleva su omnipresente sinfonía de curvas (desde la parte inferior asciende serpenteante a través del chal, sigue por el escote, óvalo del rostro y hasta la marcada raya del pelo) y su compleja composición: posición oblicua, ligera torsión del rostro, un brazo que cae y el otro se curva, un pecho de frente y otro casi de perfil.

Esta es la antesala del viaje a Italia, donde se encontrará de bruces con la Antigüedad clásica, con el Renacimiento y con el Barroco, las fuentes de las que beberá con avidez para acabar de forjar una personalidad y un artista único.

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About Jorge Fernández-Alva

Historiador de Arte.
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2 Responses to Ingres en espera

  1. alpuymuz says:

    Te mando un gran saludo; he estado muy ocupado, hasta desplazado, y trato de ponerme al día con los más. Tu trabajo, estupendo como siempre.
    Buen día, JF

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