Historias del Dos de Mayo

Cada día 2 de mayo, cada vez que paseo por el barrio de Malasaña o cada vez que me paro ante los cuadros conmemorativos de Goya me acuerdo de la trágica jornada que sacudió las calles de Madrid tal día como aquel de 1808.

El año pasado quise rendir homenaje con un post (Recuerdos del Dos de Mayo) donde trataba de resumir los acontecimientos. Pero hay muchas historias detrás de los hechos. Cada personaje que aparece en los lienzos del pintor aragonés, cada hombre y mujer que lucha es una historia. Cada voz que se rebeló, una lección.

Hoy quiero contar la historia de uno de esos hombres. Escudriñando bien las telas de Goya (La carga de los mamelucos y Los fusilamientos del 3 de mayo) seguro que lo encuentran. Su nombre no lo recuerdo. Creo que era José, o Francisco. Es un hombre de mediana edad, moreno y escasa estatura. Tampoco recuerdo su oficio, algún trabajo artesanal, considerado “mecánico” pero honrado. Como cada día se dirigía temprano al taller de su gremio, ajeno en la medida de lo posible al clima de tensión imperante ante la persistente presencia de soldados franceses en la villa y las últimas noticias acerca de la familia real. Su paso era más apresurado que de costumbre. Sentía el frío que aún imperaba en las calles sombrías. Al atravesar Plaza de la Cebadala plaza de la Cebada observó más revuelo del habitual, gentes que dirigían sus pasos en dirección a palacio. Descendió la cuesta hasta la plaza de la Paja. Unas campanas repicaron a deshora. El sonido metálico era muy cercano, procedente de San Pedro el Viejo. Pero José, o Francisco, observaba los corrillos de gente que dirigían miradas aviesas en derredor o los rostros de mujeres asomados por las ventanas. Él siguió su camino, subió unas escalinatas, una calle en cuesta, hasta llegar a su destino y ver con sorpresa que el taller estaba cerrado. Presa de la confusión y la curiosidad decidió acudir a la plazuela de la Villa. Pasó por delante de las Carboneras, en cuya puerta hacia guardia un mendigo tullido. La calle se estrechaba y giraba en ángulo recto como si del codo de un brazo se tratase. Fue entonces, al llegar a la altura de una portada pétrea con arco de aspecto morisco cuando oyó la primera detonación. El estruendo hizo temblar el suelo tanto como su corazón. Los pájaros levantaron el vuelo y el aire se llenó también de gritos de pánico. Nuevo cañonazo y disparos de fusilería. Nuevo ramalazo de miedo que recorrió la médula de José, o Francisco, y de decenas de personas que se habían arremolinado en torno al palacio y ya se dispersaban por las calles como alma que lleva el diablo. Pero aquellos que no se habían acercado tanto también corrían y algunos pasaban junto a nuestro protagonista que aún no había sido capaz de reaccionar. Un hombre pasó tan cerca que sus hombros chocaron. El impacto le hizo despertar de su catalepsia momentánea, dio media vuelta y corrió siguiendo sombras que se escabullían por cada calle como un puñado de arena resbala entre los dedos de una mano abierta. Llegó a la plaza del conde de Barajas y se apoyó en un portal. Estaba asustado y fatigado. Terriblemente confuso. Sonidos huecos en la lejanía anunciaban nuevos disparos. Gritos e insultos resonaban desde los cuatro puntos. De pronto, vio salir del portal del palacete de enfrente un oficial francés abotonándose el cuello de la chaquetilla y avanzar con paso firme y apresurado a contracorriente. Poco después, cruzaron la plaza un par de personas con pañuelos anudados en la cabeza y brillantes hojas de arma blanca empuñadas en sus diestras. El miedo le atenaza, no sabe cuanto tiempo ha pasado allí, pero por fin reúne valor para salir de su escondite y marcharse. Enfila la calle Cuchilleros como si una premonición o broma macabra se tratase. Los augurios le golpean convertidos en cruda realidad. Se oculta de nuevo en un portal con una cruz grabada en la clave del dintel. Gritos, ruidos, carreras. Un hombre y tres muchachos huyen de dos soldados franceses a caballo. El más joven, casi un niño, queda rezagado. El jinete más veloz le da alcance y taja su nuca con el sable. Sigue su persecución mientras el chiquillo se desploma y un charco de sangre comienza a extenderse por el suelo. Uno de los chicos ha dado media vuelta ignorando el peligro y ahora se arrodilla lloroso ante su hermano muerto. El segundo jinete frena a su caballo y carga el brazo. Entonces una maceta se estrella contra su casco, desintegrándose en una amalgama de trozos de barro cocido, tierra oscura y geranios que dan con el soldado en el suelo. El cuerpo aturdido trata de reanimarse pero antes de conseguirlo el muchacho ya ha recogido el sable y con enfurecida determinación lo ha dirigido una docena de veces contra su rostro. De las cuevas bajo el Arco de Cuchilleros acude corriendo un hombre enjuto y con enormes patillas. Coge las riendas del caballo, lo doma, se acerca al chico, le tiende una caricia y unas palabras inaudibles para el protagonista, recoge el sable de su mano y monta, dirigiéndose a los barrios del sur.

La revuelta se ha extendido por toda la ciudad, las calles son el campo de batalla donde pelean hombres y mujeres, jóvenes y viejos. Piedras, palos y navajas contra sables y balas. En plazuelas y callejones se tienden improvisadas barricadas, en parte con muebles y objetos que se arrojan desde balcones y ventanas, porque desde allí también se lucha lanzando ollas, botellas, tiestos y cualquier cosa que pueda herir a los soldados franceses. José, o Francisco, como otros muchos está siendo testigo improvisado de esta revuelta espontánea, una mezcla de rabia, miedo e impotencia que ha hecho fermentar un odio largo tiempo incubado. Más tiempo del que llevan los franceses ocupando la ciudad y el país. Un odio de siglos, atávico, que siempre nos ha acompañado y a veces se duerme hasta que algo o alguien lo despierta.

José, o Francisco también tiene ese odio, encerrado en alguna oscura mazmorra de su corazón y encadenado por el miedo. Sus pasos inciertos, guiados por un estado casi onírico le han llevado hasta la Cárcel de Corte.Cárcel de Corte De la puerta del edificio no cesan de salir hombres de aspecto patibulario, un grupo se dirige hasta él. Un gitano joven, de ojos verdes, le suelta: “Vamos compadre. A rajar gabachos”. Le coge del brazo y se adentran en los soportales de la plaza mayor. Ha dado tiempo a que se les una un sastre con sus afiladas tijeras y un hombre que ha salido de un portal con varios cuchillos envueltos en un paño y un par de bastones que reparte entre la cuadrilla. En una esquina de la plaza un grupo de soldados franceses han plantado un cañón. El gitano se ha erigido en cabecilla y no se lo piensa dos veces. Los reos y el sastre se avalanzan sobre los soldados, algunos imberbes que aún no se creen donde se han metido. En un abrir y cerrar de ojos dejan dos cuerpos degollados y el resto en fuga. José, o Francisco lo contempla atónito y, más aún, cuando giran las cureñas y dirigen el cañón a la calle por donde acuden los refuerzos franceses. La detonación le ensordece. Entre la nube de humo los intrépidos asaltantes se escabullen no sin antes inutilizar el cañón. Nuestro protagonista trata de huir saliendo por otra de las arcadas de la plaza. Entre encrucijadas de calles llenas de comercios y tabernas cerradas a cal y canto el horror se hace más palpable. Ya no es el ruido constante de gritos y disparos. Su cabeza ya se ha acostumbrado a él. Es el reguero de sangre y cuerpos inertes que comienzan a adornar casi cada esquina. Rostros desconocidos, ajenos. El cadáver boca arriba de una mujer le mira fijamente con los ojos que nunca pudo cerrar. Unos ojos hermosos, ahora congelados sin vida. José, o Francisco cree reconocer a esa mujer. Juraría que estuvo ayer en su taller. Los rostros empiezan a tornarse conocidos, familiares. Sigue andando y ve un hombre tendido con la cara semihundida en un charco formado junto a una fuente. Las ropas son similares a las suyas, la estatura, el pelo moreno. De pronto se sorprende así mismo mirándose en el reflejo del agua. Algo le azota en su interior. Algo indefinible, como el chasquido metálico que produce una cadena al romperse y llega hasta los huesos helándole la sangre. Mas no tiene tiempo para asimilarlo. Gritos de gargantas desgarradas anuncian la proximidad de los soldados y una estampida desciende la calle perpendicular. José, o Francisco se une a ellos y corre en dirección a la Puerta del Sol. Suenan disparos a su espalda y el joven a su derecha interrumpe la carrera para desplomarse como una madeja.

Grabado 2 de mayo01

Llegan a la plaza y la escena es indescriptible. La caótica y desigual batalla ocupa todo el escenario. No hay escapatoria. Los franceses descienden poco a poco desde todas las calles que desembocan allí, en esa inmensa trampa. Mira a su derecha. Entre la iglesia del Buen Suceso y el convento de San Francisco de Paula la calle escupe una horda de jinetes. La Puerta del SolSus ropas moriscas y sus rostros oscuros, tocados por turbantes, dan un aspecto fiero a los mamelucos que cargan blandiendo sus cimitarras. Los madrileños, lejos de intentar escapar, se arrojan como posesos a los pies de los caballos para derribarlos. Algunos tienen fusiles, muy pocos, el resto ataca con lo que tiene a mano y con el arrojo que da la desesperación. Uno ensarta a un caballo con un espeto de asar carne, mientras otro derriba al jinete apuñalándole en el vientre. José, o Francisco ha dejado de tener miedo. Esa sensación ha sido sustituida por otra que inflama su pecho, ahoga su cuello, amarga su garganta y golpea sus sienes sin piedad. Ahora es uno más. Ha recogido la navaja de dos palmos de un caído y se bate con fiereza. Él mismo ha derribado a un soldado egipcio al que otro paisano había hincado un afilado fragmento de vidrio en el muslo. Le corta el cuello mirando su rostro desencajado por el terror. Las tornas han cambiado. El odio y la rabia son un arma demasiado poderosa, porque se desbocan, se convierten en el semblante del oprimido que quiere liberar su yugo, en coraje ciego y desesperado, en el instinto de quien nada tiene que perder, en furia homicida, en sed de venganza.

Carga de los mamelucos

El resto de la historia queda inmortalizado en los lienzos de un pintor sordo, que no pudo oír los disparos, gritos y lamentos, pero plasmó el horror de la condición humana. Primero con una instantánea de la lucha, una fracción de segundo, una mirada fugaz que recoge el momento mejor que cien mil relatos. Después, con el desenlace fatal. Para que contar lo sucedido con José, o Francisco, y tantos otros tras el cese del combate. Su prendimiento,Detalle01 los golpes e insultos en otra lengua, su exigua prisión, el juicio y los derechos negados, el camino del patíbulo improvisado en una apartada y oscura explanada. Tan oscura como la noche que los envolvía. Tan oscura como el alma de los verdugos y el corazón de los fusilados. La oscuridad que brota del fanatismo y la sinrazón. Goya colocó un candil para poder ver la escena. Si no tendríamos un cuadro negro. Como la muerte.

Fusilamientos del 3 de Mayo

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About Jorge Fernández-Alva

Historiador de Arte.
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10 Responses to Historias del Dos de Mayo

  1. Fantástica historia sobre la Historia que, como el farol de Goya, alumbra nuestro ser y ojalá iluminara nuestro futuro. No por lo aguerrido, sino por la determinación de ser y de decidir la existencia.

  2. alpuymuz says:

    Linda entrada, precioso friso de ambientación… Felicidades. Un buen abrazo.

  3. Mus says:

    Excelente narración. Gracias por compartirla y un saludo.

  4. Que bien has transmitido el espíritu del Dos de mayo, me has recordado al mismísimo Jordan de Asso, cronista zaragozano que relató como nadie episodios de Los Sitios de Zaragoza. Enhorabuena!

    • Muchas gracias Mónica. Es un halago la comparativa. El Dos de Mayo es el episodio histórico sobre el que más me gusta escribir. He recorrido tantas veces esas calles o visto los lienzos de Goya que no me cuesta ponerme en situación. Lo difícil es imaginar el miedo, la rabia y el odio que debieron sentir. Gracias de nuevo. Un saludo!

  5. Te animo a que investigues también sobre “Los Sitios de Zaragoza” y su relación con el 2 de mayo y te presentes al concurso de investigación histórica que convocamos anualmente, me encantaría poder publicar algo así. Un saludo.

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