Ilustres decapitados

El pasado año tras hablar de la jornada del 2 de mayo de 1808 y el lienzo de los fusilamientos de Goya, no pude evitar que otras imágenes acudieran a mi mente, como otro cuadro que medio siglo después plasmaba un nuevo fusilamiento, esta vez el de Torrijos y sus hombres. Ahí comencé una disertación (Ilustres fusilados) sobre la trágica condición humana que nos impulsa a aniquilarnos constantemente y en particular, el caso español, que tras sufrir una invasión extranjera que le costó años de sangre y odio, tuvo que ver como el regreso de su deseado rey inicio una etapa igual de infame y atroz, promovida por tan indigno monarca y los que bajo su sombra se ampararon para cometer toda serie de vilezas y volver a reavivar la sangre y el odio, esta vez entre hermanos.

Pero esa realidad siempre ha estado presente y, este año, tras volver a recordar el episodio madrileño volví a evocar otros lienzos, más concretamente uno del mismo pintor del Fusilamiento del general Torrijos, Antonio Gisbert:

Se trata de la ejecución de los comuneros, un episodio ocurrido 300 años antes pero muy similar. No es mi intención explayarme en la historia de la guerra de las comunidades, que algún día merecería un capítulo aparte. Pero en resumen, la llegada del joven rey Carlos (a la postre I de España y V de Alemania) Carlos I por Van Orleya un país que le era extraño provocó una serie de posturas enfrentadas. Un país duro, que se había fraguado durante ocho siglos de guerras casi continuas tras la invasión musulmana. Guerras entre moros y cristianos, pero también entre hermanos de religión, y entre los propios andalusíes que una vez aclimatados se contagiaron del espíritu cainita que vaga por estas tierras desde tiempos inmemoriales. Finalmente, cuando comenzaron a producirse invasiones de imperios norteafricanos que radicalizaron su discurso religioso, los reinos cristianos hicieron lo propio y se unieron para hacer frente al enemigo común (aunque sin olvidar sus diferencias). Por ello, aún pasaron un par de siglos hasta la conquista de Granada. La unión entre Castilla y Aragón por los Reyes Católicos supuso un atisbo de unidad, pero más de cara al exterior porque internamente seguían existiendo las mismas luchas fratricidas impulsadas por la codicia y el ansia de poder de los nobles (castellanos, aragoneses, catalanes, andaluces, etc.). La relativa estabilidad se construyó con sangre y mucho esfuerzo por encontrar un equilibrio entre monarquía, nobleza, clero y pueblo llano. Se constituyeron los primeros ayuntamientos, se respetaron fueros y se consolidaron las Cortes. Pero todo ello se quebró con la llegada de un rey inexperto aconsejado por cortesanos flamencos sin escrúpulos, ávidos de oro y medro que no tenían ninguna intención de respetar leyes, costumbres, derecho ni patrimonio de las Coronas que su señor heredaba. Su único objetivo era recabar dinero a toda costa para costearse otra corona, la imperial, pero con dinero principalmente castellano.

El rey acata unas primeras cortes apremiado por sus ansias de marcharse, empeñando su palabra y dejando repartidos en las principales ciudades una pléyade de extranjeros copando cargos principales. En Castilla se empieza a ver como un atropello, casi como una invasión. A su vuelta, ya coronado emperador, las Cortes convocadas en Compostela le niegan la financiación, con lo cual debe reunir nuevas Cortes en La Coruña donde comprará voluntades para conseguir la aprobación. Esta es la chispa que prende el corazón de una Castilla inflamada y las ciudades principales del interior forman comunidad. Es una rebelión nacida de la injusticia, del derecho y del honor pisoteado, pero también de los intereses perjudicados, del orgullo y de la rabia.

Como en cualquier guerra siempre hay riqueza, poder e influencias de por medio y muchos inocentes arrastrados por ellas. Pero a veces hay un punto de dignidad, valentía e inconformismo ante una situación de opresión. Juan de Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado, los adalides de la revuelta por Toledo, Segovia y Salamanca respectivamente, no luchaban únicamente por unos puros ideales o porque prevaleciera la justicia, pero expusieron su posición, su honor y su vida por preservar mínimamente las libertades que a Castilla y a sus pueblos le había costado tanto tiempo y tanta sangre derramar. Por el contrario, otros tantos miserables se plegaban ante el nuevo rey no por fidelidad o convicción, sino por un puñado de monedas y tierras, o una migaja de poder que debían compartir con gente tan miserable venida de Flandes o Borgoña. Todo a cambio de unirse al más poderoso para despedazar a sus propios hermanos y volver a regar con sangre la esquilmada tierra castellana. Y, por supuesto, ellos sin exponer su posición ni su vida.

Antonio Gisbert supo plasmar la esencia del suceso como lo haría 20 años después con el Fusilamiento del general Torrijos. De hecho, bien podría imaginarse el episodio de los comuneros ante un pelotón de arcabuceros en lugar de esperando el hacha del verdugo. Y viceversa. Es la misma tragedia con 300 años de diferencia. La lucha fratricida que nos condena. El final no podía ser otro que la derrota del ejército comunero frente a las tropas imperiales en los campos cercanos a la villa vallisoletana de Villalar. SONY DSCSoldados muertos y heridos en las eras, habitantes represaliados y los cabecillas Bravo, Padilla y Maldonado, hombres valientes apresados en el campo de batalla espada en puño, condenados a muerte por los nobles miserables que no han manchado sus manos ni masticado el peligro.

Los Comuneros de Castilla

Solo queda observar el cuadro y rememorar los versos de Luis López Álvarez:

Apunta ya el nuevo día,
tras sacarles de sus celdas, (…)
Los caballeros van dignos,
bien erguidas las cabezas.
Un pregonero abre paso,
gritando a la concurrencia:
“Justicia en nombre del rey
y el consejo de regencia.
Por su traición y su infamia
los caballeros perezcan”.
Juan Bravo no se retiene:
“Cumplid pronto la sentencia,
pero llamarnos traidores
nadie puede en esta tierra,
mientes tú, vil pregonero,
y aquel a quien obedezcas. (…)
Nuestra culpa fue ocuparnos
de los pueblos de esta tierra,
que solo van al cadalso
los que en la lucha perdieran.
La voluntad no me asiste
para daros mi cabeza,
si os la queréis procurar,
la tomaréis por la fuerza,
más degolladme primero
porque la muerte no vea
del más noble caballero
que en toda Castilla queda“.
Ya se vienen a Juan Bravo,
ya le arrodillan en tierra,
ya el hacha se ha levantado,
ya le corta la cabeza.
Queda un instante Padilla
mirándole con fijeza,
mira luego hacia las nubes
y de hinojos cae por tierra,
su cuello tiende hacia el tajo,
el hacha ya le cercena.
En dos picotas agudas
levantan las dos cabezas,
para servir de escarmiento
han de dejarlas expuestas,
al caer del mismo día,
se le añadirá una tercera.

Juan Bravo

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About Jorge Fernández-Alva

Historiador de Arte.
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7 Responses to Ilustres decapitados

  1. ¿Se quebrará algún día la maldición que persigue a los que luchan por la gente llana y acaban perdiendo la vida en el intento? Es descorazonador. Y lo extraño es que hayamos sido capaces de llegar hasta aquí y que los tiempos que vivimos, tan duros para tantos, sean, a pesar de todo y en general, mucho mejores que tiempos pretéritos, tiempos como ésos, los que ilustran los cuadros que aparecen aquí. Será que los que ostentan el poder y sus secuaces se han confiado demasiadas veces.
    No perdamos la esperanza, cada vez les cuesta más reconquistar ese poder.

    Gracias por las imágenes de alta calidad, por el relato de los hechos y por la lectura entre líneas que creo intuir sobre justicias e injusticias de la actualidad que nos rodea 🙂

    • La historia se repite aunque por fortuna las consecuencias no sean tan dramáticas y nuestra vida valga un poco más que entonces. Intentaremos mantener la esperanza en que un día llegue algo, aunque no lo veamos. Mientras mantener viva la memoria de los que dejaron todo por un futuro mejor.

      Muchas gracias a ti por tus palabras. Un abrazo.

  2. Paseo por Segovia disfrutando, como siempre, de cada recodo y cada plazuela y en una de las más señaladas vuelvo a toparme con la estatua que ilustra esta entrada, la de Juan Bravo. Yo me topo con ella y. -siempre tengo esa sensación- pareciera que al resto de los transeuntes les fueran ajenos la persona, los hechos y la circunstancia conmemoradas. Extrañeza y olvido. Ya nadie recuerda, nada permanece de unos hechos que con causa ocurrieron.
    No es la historia que interesa recordar ni remover. Pero Historia es, y de la buena. En el mismo marco histórico, poco más de 200 años después, intereses mendaces y mendacidades interesadas han creado otra historia que se conmemora cada 11 de septiembre. ¡Porca miseria!
    Y Villalar tan cerca

    • Yo también comparto esa sensación. La estatua solitaria entre los paseantes. Nadie alza su vista para mirarla ni los turistas se fotografían con ella. Pero a veces pienso que si su figura se utilizase para los mismos fines que el episodio que mencionas, mejor así. Baste la calumnia de aquel pregonero al subir al cadalso. Al menos pudo contestar como rezan los versos. Ahora su recuerdo se vería manchado por la mentira, la vileza y la incultura.

      Gracias por tus palabras. Un saludo.

  3. Inlaion says:

    Hola! me encantan tus reflexiones y como cuentas la historia, sobre todo la del arte! Aunque mi trabajo es más contemporaneo (disñeo, ilustraciones y fotografías) no dudes en pasarte por mi blog y echarle un vistazo. si te gusta sigueme!
    http://laiamirallestoledo.wordpress.com/

    Gracias! y un saludo!

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