Dávila, el filántropo ilustrado

Hablaba el otro día de una serie de edificios que se sitúan en un reducido espacio de Madrid y que constituyen un gran conjunto cultural y científico. En esta ocasión, quiero dedicar unas líneas a un personaje que supuso el germen de una de esas instituciones.

El Museo de Ciencias Naturales fue en su origen Real Gabinete de Historia Natural. Su sede fue viajando por diversos lugares de la capital hasta recalar en su actual ubicación. Pero lo importante ahora es resaltar la figura responsable de su fundación, y esta no es otra que el ecuatoriano Pedro Franco Dávila.

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Nació en Guayaquil el 21 de marzo de 1711. Hijo de Fernado Franco Dávila (natural de Utrera, Sevilla) y la guayaquileña Magdalena Ruiz de Eguino. Plano Guayaquil (1741)La buena posición familiar le permitió realizar estudios en Lima, después se dedicó al negocio comercial con su padre. Entre sus principales mercaderías estaba el cacao, producto que solían llevar por barco hasta Panamá. En uno de esos viajes, el joven Dávila sufrió un naufragio en el que se le dio por muerto.cacao Los supervivientes recalaron en unas playas desconocidas y estuvieron vagando durante una semana hasta llegar a Iscuandé (Colombia). Este hecho se cree que cambió su vida pues estuvo hospedado por un sacerdote que despertaría su interés en las ciencias naturales (también en este período estimado de ocho meses contrajo matrimonio con María Merenciana de Reina, con quien no se tiene constancia que volviera a ver ni mantuviera correspondencia pero sí fue incluida en su testamento).

Tras su regreso a Guayaquil el negocio siguió prosperando hasta tal punto que un par de años más tarde, en 1737, deciden fletar un gran cargamento de cacao hasta la metrópoli. Llegan a CádizCádiz y se establecerán una temporada fraguando lucrativos negocios. Parece que Dávila se encontraba en Sevilla cuando sobreviene la muerte de su padre por enfermedad en 1739. Tras arreglar los asuntos pertinentes embarca en Cádiz con rumbo a casa, sin embargo, nunca volverá a ver su tierra natal. Su barco es capturado por piratas ingleses en el convulso Caribe y, tras un intercambio de prisioneros, regresa a Cádiz. Decide esperar un tiempo a la conclusión de la guerra (en 1739 estalló la llamada Guerra del Asiento, enésimo enfrentamiento anglo-español, que se prolongó casi diez años teniendo sus punto álgido entre 1740 y 1741 con los ataques ingleses repelidos a Cartagena de Indias).

Este será el otro suceso decisivo en la vida de Dávila pues decidiría cambiar el rumbo completamente y establecerse en París, Parísdonde sabemos que reside al menos desde 1745 y, con el dinero de sus negocios, pudo llevar una vida holgada realizando estudios de latín, francés, inglés, geografía, historia y otras disciplinas. Y, por supuesto, se introdujo de lleno en el conocimiento de las ciencias naturales y en el coleccionismo a través de diversos viajes por Europa.

En menos de diez años poseía una de las mayores colecciones privadas existentes y ya albergó la posibilidad de ofrecerla a la Corona española a través de su amistad con el ministro de Fernando VI, el marqués de la Ensenada. Pero la caída en desgracia de este imposibilitó el proyecto.

Unos años después viajó a Madrid y propuso la venta de su colección a Carlos III, Carlos IIIpero sus consejeros la desestimaron. Dávila atravesaba entonces complicaciones económicas y tuvo que vender parte de sus objetos que, además de relacionados con botánica, zoología, geología, mineralogía, etc., constaban de estampas, bronces, documentos, planos y mapas o libros científicos. No obstante, en 1767 publica en París su exhaustivo catálogo que supondrá el elogio de la comunidad científica e ilustrada y, también, llegará a oídos de Carlos III y sus asesores que deciden esta vez acometer la compra de la colección (trasladada a Madrid entre 1771 y1772) y la creación del Real Gabinete de Historia Natural en 1776 bajo la dirección del propio Dávila (fue el primer museo abierto de Madrid, situado en el palacio de Goyeneche, en la calle Alcalá, donde posteriormente y hasta hoy se encuentra la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando) que residirá en la planta superior del edificio.

Palacio Goyeneche

La popularidad de Pedro Franco Dávila aquellos años fue enorme. Es nombrado miembro de las principales instituciones europeas como las academias de Berlín, San Petersburgo y la Royal Society de Londres, además de otras españolas o de la Academia de Historia de Madrid. Es en esta ciudad donde hallará la muerte el 6 de enero de 1786 y, como dejó en su testamento, donde quería ser enterrado, de manera humilde, sin pompas, en la desaparecida iglesia de San Luis.

Y lamento acabar con una nota amarga, pero el sabio naturalista guayaquileño, parisino y madrileño (pues fue en estas ciudades donde pasó las mayores temporadas durante las 3 principales etapas de su vida), como tantos otros hombres y mujeres meritorios, ha caído en un olvido general. En el caso de nuestra ciudad, donde quiso legar su obra y vivió sus últimos años, su recuerdo ni siquiera ha merecido una mísera calle. Su única efigie se encuentra en el Museo de Ciencias Naturales (una copia se entregó a la ciudad de Guayaquil, donde sí posee una calle). Los vestigios ilustrados que alumbraban a España en la segunda mitad del siglo XVIII fueron cayendo en el oscurantismo con el abúlico reinado de Carlos IV, la guerra contra Napoleón y el posterior reinado del infame Fernando VII que perpetuó una estirpe de indeseables que sumieron al país en un atraso cultural e intelectual que, en la clase dirigente, se extiende hasta nuestros días. Pero queda el consuelo de los investigadores e historiadores que han intentado recuperar su figura desde hace muchos años en una ardua tarea de documentación. A ellos, principalmente españoles y ecuatorianos, se debe que hoy se conozcan suficientes datos para hacernos idea de la relevancia de su figura. Y gracias a ellos, a las instituciones culturales y científicas y a los ciudadanos que leen y las visitan se sigue haciendo luz en las sombras. Y al menos hoy, el recuerdo de Dávila, el filántropo ilustrado, no será olvidado.

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About Jorge Fernández-Alva

Historiador de Arte.
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