Archivos, museos y una estatua

Revisando viejos apuntes y cuadernos me encontré con un bloc de notas de páginas amarilleadas donde daba cuenta de mi primera visita al Archivo Histórico hace casi nueve años.

Archivo_Histórico_Nacional

El motivo de mi pesquisa fue una investigación acerca de la iglesia de las Comendadoras de Santiago, la cual me llevó a consultar los documentos de la orden militar de Santiago (fundadora del primitivo convento) que se custodian en el archivo.

En la pequeña libreta anoté las impresiones que me produjo esta experiencia. Al principio cierta sensación de decepción tras atravesar el ansiado umbral y encontrar una sala convencional de biblioteca, no muy grande, con mesas nuevas, ordenadores y bastante iluminación. Yo tal vez esperaba una gran sala rebosante de inmensos anaqueles con polvorientos libros y legajos, una penumbra solo matizada por la luz de lámparas individuales y un ambiente cargado del aroma de madera vieja y sabiduría. Además,Henry Jones para colmo de mi desorbitada imaginación, seguramente imaginé encontrarme algún erudito ataviado con un anacrónico traje con pajarita y sombrero, gafas y barba blanca al estilo de Henry Jones, apuntando notas y dibujos de temática griálica en su moleskine.

Sin embargo, una vez superada esa visión idealizada y teniendo la documentación solicitada sobre la mesa, las siguientes horas fueron una experiencia única. Manejar por primera vez legajos originales escritos hace 300 ó 400 años es algo indescriptible. El tacto y el olor secular del papel, la escritura con caracteres y abreviaturas distintas a las actuales, el leve crujido que produce el folio al voltearlo cuidadosamente…

No solo quería compartir y recomendar la experiencia de visitar e investigar en el Archivo Histórico Nacional, sino aprovechar para dar también a conocer una zona de Madrid que escapa a los círculos turísticos habituales pero que concentra en un reducido espacio una inmensa cultura.

En el Paseo de la Castellana, entre Gregorio Marañón y Nuevos Ministerios, encontramos un estanque, como simbólica fuente de saber, que nos anticipa lo que está por venir y se erige como bella portada gracias al monumento que se eleva en la parte central, surgiendo entre las aguas y coronado por la estatua ecuestre de Isabel “la Católica”, flanqueada a su vez por las efigies de Gonzalo Fernández de Córdoba “el Gran Capitán” y del cardenal Mendoza. El monumento se inauguró en 1883, siendo obra del escultor barcelonés Manuel Oms y Canet. Poseía un pedestal distinto y estaba situado en mitad del Paseo hasta su cambio de ubicación a mediados del siglo pasado debido al incremento del tráfico.

Monumento a Isabel la Católica (Madrid) 04b

A continuación, se extiende una zona verde que asciende hasta llegar al Museo de Ciencias Naturales. El edificio fue en su origen el Palacio de Exposiciones de las Artes y la Industria, construido en 1887 en los Altos del Hipódromo (pues en aquella época se emplazaba allí el hipódromo de Madrid). Desde principios del siglo XX se convirtió en la sede definitiva del primitivo Real Gabinete de Historia Natural.

Palacio_de_las_Artes_e_Industrias

Por si esto fuera poco, en la misma manzana que se extiende entre el Paseo de la Castellana y las calles Vitrubio, Pedro de Valdivia y Serrano, está la sede del CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas), el mencionado Archivo y Museo de Ciencias y la Residencia de Estudiantes, otro lugar emblemático y lleno de historia, pues entre sus ilustres huéspedes contó con Federico García LorcaLorca, Salvador Dalí o Luis Buñuel. Este centro cultural pionero en España fue un referente en el plano artístico e intelectual del primer tercio del siglo XX incluso a nivel europeo. La sede se fijó definitivamente en la llamada Colina de los Chopos El objetivo era fomentar el intercambio de ideas entre universitarios y profesionales de diversas disciplinas artísticas y científicas. Eran asiduos asistentes o residentes ocasionales importantes figuras como Manuel de Falla, Miguel de Unamuno, Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas, Rafael Alberti, José Ortega y Gasset, Eugenio D’Ors o Severo Ochoa. Y entre las personalidades europeas que acudieron a conferencias, debates o congresos destacar a Albert Einstein, Marie Curie, Igor Stravinsky, Paul Valéry o Le Corbusier.

Sunplus

Y para rematar el recorrido, muy cerca, en la misma calle Serrano, hallamos un antiguo palacete que fue propiedad de José Lázaro Galdiano y hoy es sede de la fundación que lleva su nombre. Se trata de un destacado museo que alberga gran variedad de valiosas piezas. Desde monedas, armaduras y cualquier modalidad de artes suntuarias hasta esculturas y lienzos de primer nivel. Entre estos últimos se exhiben pinturas de El Bosco, El Greco, Murillo o Goya. La vivienda fue construida a principios del siglo XX e inaugurada como museo en 1951, cuatro años después del fallecimiento del popular editor y empedernido coleccionista Lázaro Galdiano.

Lázaro Galdiano

En medio de la Castellana, entre la jungla de asfalto, cristal y hormigón y el bullicio del tráfico se encuentra este oasis cultural que reúne ciencia, literatura, arte e historia.

 

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Averroes

Hacia algunos años que no visitaba Córdoba y, tras perderme de nuevo en sus bellas calles y rincones, no quería despedirme sin acudir a las murallas y contemplar unos instantes la estatua de Averroes. Además, da la casualidad que se cumple la singular cifra de 888 años de su nacimiento.

Averroes Córdoba

Este gran filósofo andalusí ha sido denostado durante muchos años por la historiografía y el sistema educativo, convertido en un mero referente de la aportación de los árabes en Al-Andalus.

Averroes era hijo del cadí de Córdoba, lo cual le permitió acceso a la cultura pero, no obstante, atesoró un vastísimo espectro de conocimientos: derecho, matemáticas, astronomía, medicina y filosofía.

En el campo filosófico dejó las mayores aportaciones. En estos tiempos, Al-Ándalus estaba dominado por el imperio almorávide, aunque vivía una etapa más relajada que los primeros y belicosos años de la invasión. El sustrato cultural de la Córdoba emiral y califal aún era próspero pero había que lidiar con el poso de fundamentalismo almorávide. Un ejemplo que habla a favor de Averroes fueron sus comentarios realizados acerca de la filosofía aristotélica, enfrentándose a quienes consideraban estas corrientes de pensamiento incompatibles, incluso heréticas, con el Islam.

La Escuela de Atenas

 

Averroes en la Escuela de Atenas de Rafael

Averroes en la Escuela de Atenas de Rafael

A pesar de su cultura y su posición, Averroes sería víctima del fanatismo cuando se produjo la nueva invasión norteafricana: los almohades. Su integrismo islámico eclipsó de nuevo Al-Ándalus y Averroes tuvo que ver como sus obras eran prohibidas y él encarcelado. Aunque antes de morir fue rehabilitado y llamado a la corte en Marrakech, nadie le devolvería aquellos años. Además, su pensamiento fue olvidado, no conservándose sus escritos en árabe. Lo que nos ha llegado sobrevivió gracias a las traducciones al hebreo que hizo Jacob Anatoli en el siglo XIII y las posteriores latinas.

Pintura Averroes

Cuando se aborda la figura de Santo Tomás como recuperación del pensamiento clásico de Aristóteles y su posterior influencia en occidente hasta el Renacimiento, se omite el papel que ejerce Averroes como puente entre ambos. Y no es restar méritos al pensador cristiano, al contrario, también se vio enfrentado a los fanáticos que le tacharían de hereje por leer textos infieles y paganos. Pero no todos fueron así, y otros muchos monjes copiaron textos de la antigüedad clásica que de otro modo se habrían perdido para siempre. Lo trágico es que los fanatismos hayan tratado de borrar durante siglos la cultura, el arte y el pensamiento de hombres que han arrojado algo de luz en un mundo sumido en el oscurantismo de la necedad, el odio, la envidia y la ignorancia.

Detalle

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Ilustres decapitados

El pasado año tras hablar de la jornada del 2 de mayo de 1808 y el lienzo de los fusilamientos de Goya, no pude evitar que otras imágenes acudieran a mi mente, como otro cuadro que medio siglo después plasmaba un nuevo fusilamiento, esta vez el de Torrijos y sus hombres. Ahí comencé una disertación (Ilustres fusilados) sobre la trágica condición humana que nos impulsa a aniquilarnos constantemente y en particular, el caso español, que tras sufrir una invasión extranjera que le costó años de sangre y odio, tuvo que ver como el regreso de su deseado rey inicio una etapa igual de infame y atroz, promovida por tan indigno monarca y los que bajo su sombra se ampararon para cometer toda serie de vilezas y volver a reavivar la sangre y el odio, esta vez entre hermanos.

Pero esa realidad siempre ha estado presente y, este año, tras volver a recordar el episodio madrileño volví a evocar otros lienzos, más concretamente uno del mismo pintor del Fusilamiento del general Torrijos, Antonio Gisbert:

Se trata de la ejecución de los comuneros, un episodio ocurrido 300 años antes pero muy similar. No es mi intención explayarme en la historia de la guerra de las comunidades, que algún día merecería un capítulo aparte. Pero en resumen, la llegada del joven rey Carlos (a la postre I de España y V de Alemania) Carlos I por Van Orleya un país que le era extraño provocó una serie de posturas enfrentadas. Un país duro, que se había fraguado durante ocho siglos de guerras casi continuas tras la invasión musulmana. Guerras entre moros y cristianos, pero también entre hermanos de religión, y entre los propios andalusíes que una vez aclimatados se contagiaron del espíritu cainita que vaga por estas tierras desde tiempos inmemoriales. Finalmente, cuando comenzaron a producirse invasiones de imperios norteafricanos que radicalizaron su discurso religioso, los reinos cristianos hicieron lo propio y se unieron para hacer frente al enemigo común (aunque sin olvidar sus diferencias). Por ello, aún pasaron un par de siglos hasta la conquista de Granada. La unión entre Castilla y Aragón por los Reyes Católicos supuso un atisbo de unidad, pero más de cara al exterior porque internamente seguían existiendo las mismas luchas fratricidas impulsadas por la codicia y el ansia de poder de los nobles (castellanos, aragoneses, catalanes, andaluces, etc.). La relativa estabilidad se construyó con sangre y mucho esfuerzo por encontrar un equilibrio entre monarquía, nobleza, clero y pueblo llano. Se constituyeron los primeros ayuntamientos, se respetaron fueros y se consolidaron las Cortes. Pero todo ello se quebró con la llegada de un rey inexperto aconsejado por cortesanos flamencos sin escrúpulos, ávidos de oro y medro que no tenían ninguna intención de respetar leyes, costumbres, derecho ni patrimonio de las Coronas que su señor heredaba. Su único objetivo era recabar dinero a toda costa para costearse otra corona, la imperial, pero con dinero principalmente castellano.

El rey acata unas primeras cortes apremiado por sus ansias de marcharse, empeñando su palabra y dejando repartidos en las principales ciudades una pléyade de extranjeros copando cargos principales. En Castilla se empieza a ver como un atropello, casi como una invasión. A su vuelta, ya coronado emperador, las Cortes convocadas en Compostela le niegan la financiación, con lo cual debe reunir nuevas Cortes en La Coruña donde comprará voluntades para conseguir la aprobación. Esta es la chispa que prende el corazón de una Castilla inflamada y las ciudades principales del interior forman comunidad. Es una rebelión nacida de la injusticia, del derecho y del honor pisoteado, pero también de los intereses perjudicados, del orgullo y de la rabia.

Como en cualquier guerra siempre hay riqueza, poder e influencias de por medio y muchos inocentes arrastrados por ellas. Pero a veces hay un punto de dignidad, valentía e inconformismo ante una situación de opresión. Juan de Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado, los adalides de la revuelta por Toledo, Segovia y Salamanca respectivamente, no luchaban únicamente por unos puros ideales o porque prevaleciera la justicia, pero expusieron su posición, su honor y su vida por preservar mínimamente las libertades que a Castilla y a sus pueblos le había costado tanto tiempo y tanta sangre derramar. Por el contrario, otros tantos miserables se plegaban ante el nuevo rey no por fidelidad o convicción, sino por un puñado de monedas y tierras, o una migaja de poder que debían compartir con gente tan miserable venida de Flandes o Borgoña. Todo a cambio de unirse al más poderoso para despedazar a sus propios hermanos y volver a regar con sangre la esquilmada tierra castellana. Y, por supuesto, ellos sin exponer su posición ni su vida.

Antonio Gisbert supo plasmar la esencia del suceso como lo haría 20 años después con el Fusilamiento del general Torrijos. De hecho, bien podría imaginarse el episodio de los comuneros ante un pelotón de arcabuceros en lugar de esperando el hacha del verdugo. Y viceversa. Es la misma tragedia con 300 años de diferencia. La lucha fratricida que nos condena. El final no podía ser otro que la derrota del ejército comunero frente a las tropas imperiales en los campos cercanos a la villa vallisoletana de Villalar. SONY DSCSoldados muertos y heridos en las eras, habitantes represaliados y los cabecillas Bravo, Padilla y Maldonado, hombres valientes apresados en el campo de batalla espada en puño, condenados a muerte por los nobles miserables que no han manchado sus manos ni masticado el peligro.

Los Comuneros de Castilla

Solo queda observar el cuadro y rememorar los versos de Luis López Álvarez:

Apunta ya el nuevo día,
tras sacarles de sus celdas, (…)
Los caballeros van dignos,
bien erguidas las cabezas.
Un pregonero abre paso,
gritando a la concurrencia:
“Justicia en nombre del rey
y el consejo de regencia.
Por su traición y su infamia
los caballeros perezcan”.
Juan Bravo no se retiene:
“Cumplid pronto la sentencia,
pero llamarnos traidores
nadie puede en esta tierra,
mientes tú, vil pregonero,
y aquel a quien obedezcas. (…)
Nuestra culpa fue ocuparnos
de los pueblos de esta tierra,
que solo van al cadalso
los que en la lucha perdieran.
La voluntad no me asiste
para daros mi cabeza,
si os la queréis procurar,
la tomaréis por la fuerza,
más degolladme primero
porque la muerte no vea
del más noble caballero
que en toda Castilla queda“.
Ya se vienen a Juan Bravo,
ya le arrodillan en tierra,
ya el hacha se ha levantado,
ya le corta la cabeza.
Queda un instante Padilla
mirándole con fijeza,
mira luego hacia las nubes
y de hinojos cae por tierra,
su cuello tiende hacia el tajo,
el hacha ya le cercena.
En dos picotas agudas
levantan las dos cabezas,
para servir de escarmiento
han de dejarlas expuestas,
al caer del mismo día,
se le añadirá una tercera.

Juan Bravo

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Historias del Dos de Mayo

Cada día 2 de mayo, cada vez que paseo por el barrio de Malasaña o cada vez que me paro ante los cuadros conmemorativos de Goya me acuerdo de la trágica jornada que sacudió las calles de Madrid tal día como aquel de 1808.

El año pasado quise rendir homenaje con un post (Recuerdos del Dos de Mayo) donde trataba de resumir los acontecimientos. Pero hay muchas historias detrás de los hechos. Cada personaje que aparece en los lienzos del pintor aragonés, cada hombre y mujer que lucha es una historia. Cada voz que se rebeló, una lección.

Hoy quiero contar la historia de uno de esos hombres. Escudriñando bien las telas de Goya (La carga de los mamelucos y Los fusilamientos del 3 de mayo) seguro que lo encuentran. Su nombre no lo recuerdo. Creo que era José, o Francisco. Es un hombre de mediana edad, moreno y escasa estatura. Tampoco recuerdo su oficio, algún trabajo artesanal, considerado “mecánico” pero honrado. Como cada día se dirigía temprano al taller de su gremio, ajeno en la medida de lo posible al clima de tensión imperante ante la persistente presencia de soldados franceses en la villa y las últimas noticias acerca de la familia real. Su paso era más apresurado que de costumbre. Sentía el frío que aún imperaba en las calles sombrías. Al atravesar Plaza de la Cebadala plaza de la Cebada observó más revuelo del habitual, gentes que dirigían sus pasos en dirección a palacio. Descendió la cuesta hasta la plaza de la Paja. Unas campanas repicaron a deshora. El sonido metálico era muy cercano, procedente de San Pedro el Viejo. Pero José, o Francisco, observaba los corrillos de gente que dirigían miradas aviesas en derredor o los rostros de mujeres asomados por las ventanas. Él siguió su camino, subió unas escalinatas, una calle en cuesta, hasta llegar a su destino y ver con sorpresa que el taller estaba cerrado. Presa de la confusión y la curiosidad decidió acudir a la plazuela de la Villa. Pasó por delante de las Carboneras, en cuya puerta hacia guardia un mendigo tullido. La calle se estrechaba y giraba en ángulo recto como si del codo de un brazo se tratase. Fue entonces, al llegar a la altura de una portada pétrea con arco de aspecto morisco cuando oyó la primera detonación. El estruendo hizo temblar el suelo tanto como su corazón. Los pájaros levantaron el vuelo y el aire se llenó también de gritos de pánico. Nuevo cañonazo y disparos de fusilería. Nuevo ramalazo de miedo que recorrió la médula de José, o Francisco, y de decenas de personas que se habían arremolinado en torno al palacio y ya se dispersaban por las calles como alma que lleva el diablo. Pero aquellos que no se habían acercado tanto también corrían y algunos pasaban junto a nuestro protagonista que aún no había sido capaz de reaccionar. Un hombre pasó tan cerca que sus hombros chocaron. El impacto le hizo despertar de su catalepsia momentánea, dio media vuelta y corrió siguiendo sombras que se escabullían por cada calle como un puñado de arena resbala entre los dedos de una mano abierta. Llegó a la plaza del conde de Barajas y se apoyó en un portal. Estaba asustado y fatigado. Terriblemente confuso. Sonidos huecos en la lejanía anunciaban nuevos disparos. Gritos e insultos resonaban desde los cuatro puntos. De pronto, vio salir del portal del palacete de enfrente un oficial francés abotonándose el cuello de la chaquetilla y avanzar con paso firme y apresurado a contracorriente. Poco después, cruzaron la plaza un par de personas con pañuelos anudados en la cabeza y brillantes hojas de arma blanca empuñadas en sus diestras. El miedo le atenaza, no sabe cuanto tiempo ha pasado allí, pero por fin reúne valor para salir de su escondite y marcharse. Enfila la calle Cuchilleros como si una premonición o broma macabra se tratase. Los augurios le golpean convertidos en cruda realidad. Se oculta de nuevo en un portal con una cruz grabada en la clave del dintel. Gritos, ruidos, carreras. Un hombre y tres muchachos huyen de dos soldados franceses a caballo. El más joven, casi un niño, queda rezagado. El jinete más veloz le da alcance y taja su nuca con el sable. Sigue su persecución mientras el chiquillo se desploma y un charco de sangre comienza a extenderse por el suelo. Uno de los chicos ha dado media vuelta ignorando el peligro y ahora se arrodilla lloroso ante su hermano muerto. El segundo jinete frena a su caballo y carga el brazo. Entonces una maceta se estrella contra su casco, desintegrándose en una amalgama de trozos de barro cocido, tierra oscura y geranios que dan con el soldado en el suelo. El cuerpo aturdido trata de reanimarse pero antes de conseguirlo el muchacho ya ha recogido el sable y con enfurecida determinación lo ha dirigido una docena de veces contra su rostro. De las cuevas bajo el Arco de Cuchilleros acude corriendo un hombre enjuto y con enormes patillas. Coge las riendas del caballo, lo doma, se acerca al chico, le tiende una caricia y unas palabras inaudibles para el protagonista, recoge el sable de su mano y monta, dirigiéndose a los barrios del sur.

La revuelta se ha extendido por toda la ciudad, las calles son el campo de batalla donde pelean hombres y mujeres, jóvenes y viejos. Piedras, palos y navajas contra sables y balas. En plazuelas y callejones se tienden improvisadas barricadas, en parte con muebles y objetos que se arrojan desde balcones y ventanas, porque desde allí también se lucha lanzando ollas, botellas, tiestos y cualquier cosa que pueda herir a los soldados franceses. José, o Francisco, como otros muchos está siendo testigo improvisado de esta revuelta espontánea, una mezcla de rabia, miedo e impotencia que ha hecho fermentar un odio largo tiempo incubado. Más tiempo del que llevan los franceses ocupando la ciudad y el país. Un odio de siglos, atávico, que siempre nos ha acompañado y a veces se duerme hasta que algo o alguien lo despierta.

José, o Francisco también tiene ese odio, encerrado en alguna oscura mazmorra de su corazón y encadenado por el miedo. Sus pasos inciertos, guiados por un estado casi onírico le han llevado hasta la Cárcel de Corte.Cárcel de Corte De la puerta del edificio no cesan de salir hombres de aspecto patibulario, un grupo se dirige hasta él. Un gitano joven, de ojos verdes, le suelta: “Vamos compadre. A rajar gabachos”. Le coge del brazo y se adentran en los soportales de la plaza mayor. Ha dado tiempo a que se les una un sastre con sus afiladas tijeras y un hombre que ha salido de un portal con varios cuchillos envueltos en un paño y un par de bastones que reparte entre la cuadrilla. En una esquina de la plaza un grupo de soldados franceses han plantado un cañón. El gitano se ha erigido en cabecilla y no se lo piensa dos veces. Los reos y el sastre se avalanzan sobre los soldados, algunos imberbes que aún no se creen donde se han metido. En un abrir y cerrar de ojos dejan dos cuerpos degollados y el resto en fuga. José, o Francisco lo contempla atónito y, más aún, cuando giran las cureñas y dirigen el cañón a la calle por donde acuden los refuerzos franceses. La detonación le ensordece. Entre la nube de humo los intrépidos asaltantes se escabullen no sin antes inutilizar el cañón. Nuestro protagonista trata de huir saliendo por otra de las arcadas de la plaza. Entre encrucijadas de calles llenas de comercios y tabernas cerradas a cal y canto el horror se hace más palpable. Ya no es el ruido constante de gritos y disparos. Su cabeza ya se ha acostumbrado a él. Es el reguero de sangre y cuerpos inertes que comienzan a adornar casi cada esquina. Rostros desconocidos, ajenos. El cadáver boca arriba de una mujer le mira fijamente con los ojos que nunca pudo cerrar. Unos ojos hermosos, ahora congelados sin vida. José, o Francisco cree reconocer a esa mujer. Juraría que estuvo ayer en su taller. Los rostros empiezan a tornarse conocidos, familiares. Sigue andando y ve un hombre tendido con la cara semihundida en un charco formado junto a una fuente. Las ropas son similares a las suyas, la estatura, el pelo moreno. De pronto se sorprende así mismo mirándose en el reflejo del agua. Algo le azota en su interior. Algo indefinible, como el chasquido metálico que produce una cadena al romperse y llega hasta los huesos helándole la sangre. Mas no tiene tiempo para asimilarlo. Gritos de gargantas desgarradas anuncian la proximidad de los soldados y una estampida desciende la calle perpendicular. José, o Francisco se une a ellos y corre en dirección a la Puerta del Sol. Suenan disparos a su espalda y el joven a su derecha interrumpe la carrera para desplomarse como una madeja.

Grabado 2 de mayo01

Llegan a la plaza y la escena es indescriptible. La caótica y desigual batalla ocupa todo el escenario. No hay escapatoria. Los franceses descienden poco a poco desde todas las calles que desembocan allí, en esa inmensa trampa. Mira a su derecha. Entre la iglesia del Buen Suceso y el convento de San Francisco de Paula la calle escupe una horda de jinetes. La Puerta del SolSus ropas moriscas y sus rostros oscuros, tocados por turbantes, dan un aspecto fiero a los mamelucos que cargan blandiendo sus cimitarras. Los madrileños, lejos de intentar escapar, se arrojan como posesos a los pies de los caballos para derribarlos. Algunos tienen fusiles, muy pocos, el resto ataca con lo que tiene a mano y con el arrojo que da la desesperación. Uno ensarta a un caballo con un espeto de asar carne, mientras otro derriba al jinete apuñalándole en el vientre. José, o Francisco ha dejado de tener miedo. Esa sensación ha sido sustituida por otra que inflama su pecho, ahoga su cuello, amarga su garganta y golpea sus sienes sin piedad. Ahora es uno más. Ha recogido la navaja de dos palmos de un caído y se bate con fiereza. Él mismo ha derribado a un soldado egipcio al que otro paisano había hincado un afilado fragmento de vidrio en el muslo. Le corta el cuello mirando su rostro desencajado por el terror. Las tornas han cambiado. El odio y la rabia son un arma demasiado poderosa, porque se desbocan, se convierten en el semblante del oprimido que quiere liberar su yugo, en coraje ciego y desesperado, en el instinto de quien nada tiene que perder, en furia homicida, en sed de venganza.

Carga de los mamelucos

El resto de la historia queda inmortalizado en los lienzos de un pintor sordo, que no pudo oír los disparos, gritos y lamentos, pero plasmó el horror de la condición humana. Primero con una instantánea de la lucha, una fracción de segundo, una mirada fugaz que recoge el momento mejor que cien mil relatos. Después, con el desenlace fatal. Para que contar lo sucedido con José, o Francisco, y tantos otros tras el cese del combate. Su prendimiento,Detalle01 los golpes e insultos en otra lengua, su exigua prisión, el juicio y los derechos negados, el camino del patíbulo improvisado en una apartada y oscura explanada. Tan oscura como la noche que los envolvía. Tan oscura como el alma de los verdugos y el corazón de los fusilados. La oscuridad que brota del fanatismo y la sinrazón. Goya colocó un candil para poder ver la escena. Si no tendríamos un cuadro negro. Como la muerte.

Fusilamientos del 3 de Mayo

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San Jorge y el dragón

San Giorgio, Donatello

San Jorge de Donatello

El pasado miércoles fue el día de San Jorge, onomástica bastante popular al tratarse del santo patrón de diversos países y, concretamente en España, de varias comunidades autónomas y poblaciones. Además, es la fecha elegida desde hace casi un siglo para conmemorar el día del Libro en nuestro país y, desde hace al menos un par de décadas, también lo es a nivel internacional.

La celebración en torno a la Literatura ha cuajado enormemente, desarrollándose multitud de actos que fomentan la lectura y el conocimiento de grandes obras (en Madrid, por ejemplo, se realizan las ya tradicionales lecturas del Quijote, entre un sinfín de actividades en librerías, bibliotecas, museos, centros culturales o al aire libre).

Pero la figura que nos ocupa, San Jorge, Sant Jordi, Saint George, San Giorgio, etc. tiene una antigua y fabulosa historia que merece ser recordada año tras año. El personaje histórico, como tantos otros santos, se relaciona con un militar romano que fue martirizado por defender a los cristianos de la región de Nicomedia ante algún atropello (a principios del siglo IV aún el cristianismo no era oficial y, aunque empezaba a extenderse incluso entre las altas capas de la sociedad y ejército romanos, seguían sufriendo persecuciones por parte de algunos emperadores).

El Jorge original será elevado posteriormente a los altares convertido en uno de los protomártires del cristianismo y, con el tiempo, las hagiografías se encargarán de elaborar su biografía con un episodio digno de un héroe.

San Jorge, Rafael

San Jorge de Rafael

La leyenda cuenta que las tierras de un lejano reino (tradicionalmente se sitúa en Capadocia) eran asoladas por un temible dragón. Para saciar su hambre y su furia los habitantes debían entregar su ganado al monstruo, pero transcurrido un tiempo y ante la escasez de animales el tributo exigido será de carne humana. Los detalles de cómo suceden estas transacciones se pierden en la noche de los tiempos, de ahí que surjan distintas versiones. Sea como fuere, finalmente, se envía una princesa a la cueva o guarida del dragón. Enterado del suceso, el valiente guerrero acudirá al rescate y se enfrentará a la fiera, consiguiendo abatirla y liberando a la joven y a toda la región.

Vemos por un lado una temática muy recurrida desde la Antigüedad. Se pueden aludir claros ejemplos como el Minotauro de Creta, que también exigía doncellas para apaciguarle hasta que Teseo penetró en el laberinto y dio muerte al híbrido atormentado. O el rescate de Andrómeda por parte de Perseo, cuando la princesa fue encadenada a una roca para ser devorada por un monstruo marino (representado como una suerte de reptil o, directamente, como un dragón). Y ello sin remontarnos a otros mitos orientales que serían la verdadera raíz.

La Edad Media y el cristianismo retomarán el tema y lo impulsarán enormemente con una estética caballeresca y un transfondo moral, pues el tema no es otro que la lucha entre el bien y el mal.

San Miguel, Rafael

San Miguel de Rafael

Pero la figura del santo guerrero ya es tradición, incluso antes que el propio San Jorge. El arcángel San Miguel es el general de las legiones de ángeles que batallan contra los demonios, siendo habitualmente representado derrotando al Diablo, transfigurado este en un dragón o en una serpiente.

En el arte, en cierto modo, sucede algo similar, acentuándose la dicotomía entre el bien y el mal a través de la estética: lo bello y lo feo. Sin embargo, aunque la función o la interpretación intelectual tenga esos fines subjetivos, propagandísticos o moralizantes, queda la pura contemplación de la obra, queda la mano del artista que ha esculpido o dibujado y deja la impronta de su estilo. Hay algunos ejemplos magníficos en la pintura:

Uccello realiza dos versiones que son las variantes de la leyenda. Una en la que aparece la princesaSan Jorge, Uccello (París) rezando mientras San Jorge se enfrenta a la bestia, y la otra reúne en la misma escena el combate donde el santo hiere al dragón para después atarlo al cinturón de la princesa (que ya lo tiene asido) y así dominarlo cual dócil mascota. Ambas son fiel reflejo del Quattrocento, un periodo experimental donde aún no se domina la técnica y la perspectiva pero es fundamental para la evolución de la pintura y para que los sucesivos artistas se puedan nutrir de esa intuición del espacio y del volumen o de fogonazos tan valientes y geniales como el escorzo del caballo en la versión londinense.

San Jorge, Uccello (Londres)

La obra de Tintoretto, un siglo más tarde, traspone el tema, situando la princesa en primer término, huyendo, San Jorge, Tintorettocon las telas al viento y los vivos colores venecianos. Pero su rostro girado, mirando atrás, nos traslada al segundo plano en cuya zona central se distingue el caballo blanco del santo que está embistiendo al dragón que, escorado, culmina la diagonal en profundidad que revela la composición asimétrica del manierismo.

 

Pero mi favorito es el San Jorge de Rubens. Un rápido vistazo a las figuras deja clara la leyenda. En un segundo plano la princesa y el cordero (tributos). En primer término el caballero y el dragón. Pero esa lucha del bien y el mal, la belleza y la fealdad son secundarias ante el despliegue delirante de movimiento, de fuerza, de color. Líneas curvas y cruzadas marcan el esquema compositivo del lienzo, que ha recogido todas las experiencias del Renacimiento (vistas en primera persona por el pintor flamenco) para plasmarlas con una precisión técnica incontestable (otra vez el caballo blanco como ejemplo más claro: del atrevimiento de Uccello, pasando por los estudios dibujados por da Vinci, hasta el ejemplar anatómica y compositivamente perfecto de Rubens). Y el detalle del santo es magnífico, no solo por la rotunda musculatura miguelangelesca o el escorzo del brazo cargando para asestar el golpe de gracia (que bien podría haber ejecutado el mismísimo Caravaggio), sino por el tratamiento de la vestimenta: se aleja de la influencia medieval por una interpretación historicista, ataviándole con el uniforme de un oficial romano.

San Jorge, Rubens

Y qué importa el origen, si es real o inventado, pagano o cristiano, cuando un día sirve para difundir la cultura o la figura de un personaje ha inspirado la creación de tales obras de arte.

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Sansón

Imagino que a casi todo el mundo le habrá ocurrido alguna vez ese tipo de casualidades o recoveco caprichoso de la mente mediante el cual, por ejemplo, recuerdas de pronto una película que hace mucho tiempo que no ves y al día siguiente te la encuentras programada en el periódico o te das de bruces con ella cambiando de canal.

Bien, pues algo similar me ha ocurrido hace poco con un personaje: Sansón. Desde pequeño me atrajo esta figura al ver la película Sansón y Dalila de 1949 dirigida por Cecil B. De Mille. Sanson y Dalila (cartel02)Victor Mature interpretaba al héroe bíblico, invencible, capaz de matar a un león con sus propias manos (en claro paralelismo con Hércules) y derrotar el solo a todo un ejército enemigo. Finalmente, sería vencido a causa de una mujer, Dalila (Hedy Lamarr en la película), a quien reveló el secreto de su fuerza que radicaba en sus cabellos. La traición se cierne sobre él y tras raparle es entregado a sus enemigos.

Sansón ha sido un tema bastante recurrente en la Literatura y el Arte, retomado en el Renacimiento, explotado en el Barroco y prolongado con mayor comedimiento hasta la actualidad. Novelas, ensayos, películas, canciones y óperas se han escrito sobre el personaje pero, sobre todo, se ha inmortalizado a través de la pintura. Las obras pictóricas son cuantiosas, destacando las realizadas por Mantegna, Lucas Cranach, Van Dyck, Rembrandt o Luca Giordano.

Sin embargo, para mí la obra más destacada es Sansón y Dalila de Rubens. Además, es el origen de esta disertación pues recientemente tuve la suerte de verla en persona. Era mi primera visita a la National Gallery de Londres y había programado las obras imprescindibles. He de aclarar que no incluía a Rubens ya que en el Museo del Prado tenemos una grandísima muestra de sus obras con lo cual otorgue preferencia a otros grandes artistas u obras que no he podido contemplar en vivo. Cuando ví el cuadro recordé su estudio, tantas veces observado en papel, diapositivas o en la pantalla de un ordenador. Identifiqué la temática, contemplé el estilo tan característico del artista flamenco e incluso evoqué la película mencionada.

Sansón y Dalila de Rubens

Aparte de su lucha contra el león (tema que también pintó Rubens en un lienzo conservado, creo recordar, en una colección privada de Madrid), esta es la imagen más evocada del héroe hercúleo: la escena con Dalila, donde el hombre enamorado, confiado, duerme plácidamente su embriaguez en el regazo de la mujer que le va a traicionar por unas monedas, sin sospechar que despertará sin su pelo, secreto de su fuerza sobrehumana.

Sansón apresado

Junto a las grandes obras proyectadas y algún grato descubrimiento, el lienzo de Rubens fue uno de los que mejor sabor de boca me dejó al salir del museo. Después comenzaría el cúmulo de casualidades, primero esa misma noche cuando el cartel de un teatro mostraba el rostro de Ángela Lansbury,Angela Lansbury a la sazón actriz en la susodicha película de Sansón del año 49, interpretando el papel de Semadar. Y, por otro lado, dos días después, ya en Madrid, repasando el Facebook, una página de grandes obras de la historia del arte había colgado ese día, entre otras, Sansón y Dalila de Lucas Cranach. Sansón y Dalila de Cranach

Para terminar, esa noche decidí ver alguna película ligera: Carrie. Pues sí, algo tiene que ver. En primer lugar, he de decir que no soy un gran seguidor de Stephen King. Salvo El resplandor y Misery no he conseguido leer ninguna de sus novelas. He visto bastantes de las adaptaciones cinematográficas y me parecen por regla general un fiasco a excepción nuevamente de El resplandor dirigida por Kubrick (eso sí, en versión original porque en castellano el doblaje de Verónica Forqué resulta más terrorífico que la propia película) y Misery, tremendamente angustiosa y con una actuación soberbia de Kathy Bates. A ellas añadiría la primera versión de Carrie de Brian de Palma, aunque el recuerdo lo tenía algo difuso. Por ello, decidí ver el nuevo remake, aunque con cierta reticencia porque el anterior de hace al menos 10 años me pareció malísimo. Esta vez, me esperaba poco pero no me desagradó. Un buen papel de Julianne Moore y de la chica protagonista, Chloe Grace Moretz. Aunque parezca una obsesión el final de la película evoca en cierta manera la muerte de Sansón.

La chica cree encontrar de algún modo la aceptación de sus compañeros y ve traicionada su confianza. Recibe una nueva humillación y se encuentra atrapada en un entorno hostil siendo objeto de exposición y burla. Y la única solución que concibe es usar su poder para inmolarse junto a quienes le han ofendido.

Sansón ciego columnas

Sansón ciego, cargado de cadenas, es llevado al templo de los filisteos para ser objeto de mofa y escarnio. La humillación y la rabia hacen hervir la sangre en sus venas. Desearía venganza. Daría su vida en el acto pues siente que ya no vale nada. La furia le hace aflorar una fuerza que creía extinguida. Se da cuenta que desde aquella noche fatal, durante su cautiverio infame, el pelo ha vuelto a crecer. A pesar de la ceguera vislumbra un hálito de luz en la insondable oscuridad de su alma. Pide que le coloquen entre las columnas del templo para poder sostenerse. El otrora temido enemigo parece ahora débil y desvalido. Crecen las risas y burlas, pero Sansón ya no las escucha. Siente de nuevo el poder y dirige a su dios una última oración, una súplica más bien desde su desgarrado corazón: “Señor, déjame morir entre ellos”. Entonces, empuja los pilares que comienzan a resquebrajarse. Cesan las risas y burlas, ahora la confusión y el pánico se apodera del lugar. Sansón se derrumba del esfuerzo al tiempo que se derrumba todo el edificio sobre la crueldad humana.

Sanson derribando columnas

 

 

 

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Un pedazo de Egipto en Madrid

A escasos 100 metros de la Plaza de España se encuentra la montaña del Príncipe Pío. Este enclave privilegiado de Madrid, donde se llegó a proyectar la construcción del Palacio Real tras el incendio del Alcázar o tuvieron lugar los célebre fusilamientos del 3 de mayo, alberga desde 1972 un templo egipcio: el templo de Debod.

Aunque su popularidad ha crecido en los últimos años aún no es suficientemente conocido, incluso entre los propios madrileños. Ciertamente, es de agradecer que no sea un foco turístico masificado pues es un lugar ideal para relajarse en cualquier época del año y cualquier momento del día. Un oasis en la jungla de asfalto.

Templo Debod (noche)

Su construcción se data hacia el año 200 a.C., durante la época ptolemaica y bajo el reinado del faraón Abdijalami. Situado al suroeste de Filé y norte de Dendera, carece de la magnificencia de los grandes templos del Imperio Nuevo. Tras permanecer medio siglo sepultado bajo el agua la mayor parte del año, tras la construcción de la presa de Asuán quedaría condenado perpetuamente. El gobierno español conseguiría su adquisición y fue trasportado piedra a piedra en barco hasta Valencia y de allí por carretera a Madrid.

Templo Debod (emplazamiento)

He leído diversos artículos sobre los dioses a quien está dedicado el templo, pero sin ser mi intención profundizar en el tema, quisiera tomar la licencia para mencionar la interpretación que más recuerdo por ser la primera que estudié. Según parece y observando los relieves del interior el templo estaría dedicado a los dioses Amon e Isis, principalmente. La diosa egipcia es más familiar en nuestra cultura, pues sería adoptada por el mundo grecorromano, siendo identificada en ocasiones con otra divinidad romana de origen oriental, Cibeles, tan “madrileña” por otra parte. Y, por supuesto, su culto se extendió muy pronto por Hispania a través del Mediterráneo, encontrando templos y estatuas desde Tarragona y Sagunto hasta Bolonia y Cádiz. Posteriormente, incluso, existe una clara influencia conceptual con la Virgen María.

Por otro lado, Amón siempre me resultó más complejo y esotérico. Aunque será asociado en el panteón clásico con Zeus y Júpiter, su evolución es bien distinta a los mitos grecolatinos. Amón fue en su origen una deidad misteriosa, oculta, asociada al aire. Con el paso de los siglos su culto adquirió una importancia creciente, eclipsando a otros dioses y asociándose con Ra, ancestral divinidad que convertía la fusión “Amón- Ra” en el dios supremo.

La caída de la dinastía ptolemaica (27 a.C.) marcó la decadencia del antiguo Egipto. Los templos se abandonaron, las tumbas fueron enterradas por la arena y la gloriosa civilización egipcia fue cayendo en un olvido de casi 2000 años. Los dioses se vieron obligados a exiliarse, buscando su lugar entre las estrellas. Pero, casualmente, el último templo de Amón y el más humilde, ha venido a parar a Madrid y, sin saberlo, quienes lo visitan han resucitado su culto y nuevamente Amón se manifiesta en su forma primigenia cuando sopla esa brisa que nos concede una tregua en el verano madrileño o se deja ver en el agua del estanque enmarcado entre los pilonos, antes de ceder al crepúsculo y regalarnos el mejor atardecer que se puede ver en Madrid.

Imagen 058

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